Buscar este blog

sábado, 18 de abril de 2020

Los juegos de espejos Poética y subjetividad en Olga Orozco

Los juegos de espejos

Poética y subjetividad en Olga Orozco

Las máscaras, los ritmos y los tonos de Olga Orozco (1920-1999) distinguen una de las poéticas más relevantes en la literatura argentina del siglo XX reconocida en el ámbito general de la lírica en lengua española. Este volumen reúne una decena de investigaciones originadas en universidades argentinas y del exterior que actualizan el legado de la escritora y trazan un itinerario de sus efectos de lectura. Se analizan, con diferentes enfoques, las modulaciones, los desdoblamientos y las inflexiones de una subjetividad poética en constante mutación. Es una muestra de la potencia creadora de una de las voces que supo explorar, como pocas, los límites y los pliegues de los “juegos de espejos” donde se diluyen las fronteras de lo conocido y se enfrenta la inasible subjetividad del lenguaje poético. Compiladoras Dra. Graciela Salto, Dra. Dora Battiston y Dra. Sonia Bertón.
En este libro incluyo mi artículo "Escritura detectivesca, mirada existencial y procesos gnoseológicos en la prosa de Olga Orozco". Un trabajo que conjuga aportes de la teoría del policial y la estética de la poeta pampeana.
El libro es de acceso libre y se puede descargar desde la página de la Editorial Teseo.o, G.; Battiston, D. y Bertón, S. (comps.) (2020).  G.; Battiston, D. y Bertón, S. (comps.)
os jos. Poética y subjetividad en Olga Oro. Buenos Aires: Editorial Teseo.os Aires: Editorial Teseo.
Libro de lectura gratuita
https://www.editorialteseo.com/archivos/17575/los-juegos-de-espejos/
-----------

Escritura detectivesca, mirada existencial y procesos gnoseológicos
 en la prosa de Olga Orozco

I.                   Introducción

     La obra en prosa de Olga Orozco es particularmente compleja en recursos, no solo narrativos, sino también poéticos. Una densidad temática y estética que permite concretar recorridos de lectura diferenciados, tanto por la perspectiva crítica adoptada como por los objetivos exegéticos planteados, entre otros aspectos, a los fines de iluminar ciertas regiones de una escritura siempre abierta a una multiplicidad de enfoques. Entre las muchas y posibles lecturas se abre un espacio para una crítica sobre la prosa orozqueana que asocie ciertas problemáticas recurrentes en la escritora, tales como la diversidad de lo real, las máscaras, los juegos de las apariencias, con una mirada que denominamos detectivesca. De algún modo, el punto de vista enunciativo propuesto por Olga Orozco en su prosa se acerca al de una detective que escudriña lo real -tanto en el plano material como simbólico- en busca de los enigmas de la existencia en sus distintas dimensiones que incluyen lo visible de las cosas junto con ese otro sobrerreal que se despliega, a manera de sombras, en los pliegues de un mundo/otro solo accesible para la poeta-detective. En este artículo buscamos poner en relación algunos capítulos de la obra en prosa La oscuridad es otro sol (1967) con esta mirada detectivesca enlazada con problemáticas existenciales y gnoseológicas propiamente orozqueanas.
     La oscuridad es otro sol (1967) es quizás el principal libro en prosa de Olga Nilda Gugliotta Orozco, conocida como Olga Orozco, escritora argentina nacida el 17 de marzo de 1920 en Toay, La Pampa, Argentina. Los capítulos del libro plantean un conjunto de historias centradas en el personaje Lía, actor que funciona como máscara de otra voz adulta en la que reconocemos a la misma Olga Orozco, para contarnos sobre experiencias infantiles y de la primera adolescencia en un entorno que recuerda a su ciudad natal. La serie de capítulo del libro: “Había una vez”, “Y todavía la rueda”, “Nanni suele volar”, “Las enanas”, “DTG 4”, “Misión cumplida”, “Y después ya no estaban”, “¡Despertad y cantad, moradores del polvo!”, “¿Por qué estarán tan rojas las begonias?”, “La reina Genoveva y el ojo de alcanfor”, “Por amigos y enemigos”, “Comida para pájaros”, “Bazar de luces rotas”, “Unas tijeras para unir” y “Juegos a cara y cruz” despliegan distintos momentos, aventuras, experiencia de una niña o preadolescente, Lía, en un entorno de pequeña ciudad; experiencias que, además, son punto de partida para el planteo de temas propiamente orozqueanos. En particular, “¿Por qué estarán tan rojas las begonias?” cuenta la aventura de Lía junto a Ruth, Laura y Miguel a una casa abandonada en la que ha acaecido un cuádruple homicidio. Un padre enloquecido había asesinado a sus dos hijas, esposa y abuela. Lía reconstruye, en el transcurso de la travesía infantil, los distintos momentos del crimen desde una mirada íntima que involucra miedos, curiosidad, deseos de saber sobre lo visible y lo invisible que cruza la escena del suceso.  
     La característica principal del texto, a nuestro entender, reside en la doble mirada que cruza a la voz enunciativa, en tanto por momentos es Lía, niña la que mira el mundo y, por otros, es un enunciador adulto que intercepta esa voz infantil para decir desde la complejidad lingüística y poética que el lector reconoce en la poesía de Orozco. Esta estrategia densifica la prosa, la vuelve polivalente y ‘porosa’ en lo poético para un lector avezado que reconocerá hilos conductores en distintos momentos con la obra de la poeta.
     Como referimos más arriba, nuestro trabajo intenta una lectura, en particular, de uno de los capítulos de La oscuridad es otro sol (1967) para destacar esta doble mirada de mundo desde Lía-Olga. Desde una perspectiva teórica que incluye aportes de la semiótica textual y enunciativa, en conjunción con la estilística, trabajaremos como relato policíaco el capítulo “¿Por qué estarán tan rojas las begonias?” en el que el personaje central, Lía, alter ego de Olga, despliega un punto de vista detectivesco sobre los misterios de la vida, la muerte, el mal, la violencia, la criminalidad, entre otros.

II.                Mirada detectivesca en “¿Por qué estarán tan rojas las begonias?”

     El suceso policial que refiere el capítulo escogido de La oscuridad es otro sol (1967) es particularmente interesante para contar sobre los cruces posibles entre poesía y género policial en Orozco y, así, instalar una manera de abordar ciertos textos de la poeta desde una mirada que plantea una lectura novedosa.
     Si analizamos el título del libro, en el que se inscribe el capítulo a estudiar, el enunciador propone una serie de efectos de sentido clave para nuestra propuesta de lectura detectivesca. En efecto, el signo “oscuridad” se hace luminoso para una-otra lectura de lo real, en tanto mirada que implica indagar, desde la visibilidad de la materia, los invisibles que cohabitan el mundo. El título metaforiza procesos dispuestos en la interpretación del mundo desde la axiología orozqueana, que es mirada gnoseológicamente activa para desenmascarar en el mundo y desde el mundo tangible (la oscuridad=devenir) los ‘pliegues’ de otras realidades (otro sol), muchas veces solo accesibles bajo el influjo de la mirada poética. De algún modo, el enunciado despliega la idea de que es solo Lía, niña y otras veces adulta, la que puede ver “ese otro sol” cognoscible a través de la influencia de sus sentidos y su intelecto sensibles a lo suprarreal. En este marco de conocimiento “¿Por qué estarán tan rojas las begonias?” es un capítulo interesante para dar cuenta de esta exploración de lo no visible, en tanto texto que es una indagación desde lo vegetal sobre las formas de la muerte en unos crímenes horrendos plasmados, simbólicamente, en esas hojas rojas, metonimia de otros rostros, de otras sangres derramadas.
     El texto se inicia con un recorrido constituido en travesía peligrosa de Lía y sus amigos hacia una casa en ruinas que guarda los vestigios descoloridos del cuádruple asesinato, por lo que el trayecto es en sí esa forzada parte “de la peligrosa excursión” (Orozco 91). Desde una enunciación oscilante entre Lía-niña que ve desde sus propios miedos y, al mismo tiempo, una mirada adulta en la que reconocemos a Orozco-poeta, se despliega una particular percepción de mundo entre lo real y lo suprarreal. Unas veces inocente contemplación del entorno en el que el cielo parecía “sorprendente. Por momentos me mareaba (…) Hubiera querido recortar un trozo y llevármelo conmigo” (Orozco 91). Otras, esta cosmovisión naif se conjuga en la prosa orozqueana con la percepción poética-adulta rompiendo, en parte, la isotopía estilística que organiza el relato infantil para darle al texto su espesor filosófico: “(¡Qué cielo hecho con pedazos de distintas cosmogonías! (…) ¡Si pudiera resucitar en ese cielo de todos los cielos! (…) ¿Se podrá caminar por esta gran nube negra? ¿O será un agujero por donde caeremos a otra tierra? (Orozco 91).
     Imagen propiamente de Orozco que conjuga cielo-tierra, ascensión a otro mundo de las cosas eternas y bellas, mientras se camina sobre un espacio terrestre atravesado por las dudas del devenir. Cielo azul que invita a la conexión con los arquetipos de lo bello, mientras a sus pies y a su “alrededor se alzan unos troncos sombríos: los centinelas de carbón, la negra ronda de los penitentes” (Orozco 92) como anuncio, en el recorrido, de los crímenes perpetrados por “la mano del asesino, esa mano a la que no le bastaron los cuatro cuerpos aniquilados por el fuego sin llamas para calentarse” (Orozco 92).
     Es decir, desde los primeros párrafos, el relato focaliza distintos niveles conceptuales que reubican y definen al enunciador orozqueano que juega con los planos superiores de la existencia, resignificados como puros, bellos, eternos y los planos inferiores, asociados a lo bajo que el relato liga a la tragedia filicida, pues “allí fue el crimen, ¿y por qué no incendió la casa si era eso lo que quería destruir?” (Orozco 92). Esta observación de Lía-niña y adulta al mismo tiempo, despliega el encuentro con los restos de un crimen familiar del cual ella ve, más allá de las marcas típicas de los relatos policíacos, la ontología profunda de la realidad que convierte una familia en infierno. La palabra infierno no es casual, pues está dispersa, también, en la poesía orozqueana como un sino ineluctable de aquellos que violan el equilibrio misterioso de las cosas.
     Es así que, además de referirse al victimario como aquel apresado por la policía para restituir, en parte, el orden social a través de la justicia, Lía percibe al padre filicida en el borde del sendero y sabe que es aquel que ha encontrado su propio destino disfórico cuando mataba para luego sentarse a esperar su detención. Sentarse, esperar el destino de reo “tal vez sólo hayan conseguido prolongarle el penúltimo” (Orozco 92) infierno de su condenación.
     De esta manera, Lía conjuga miradas existenciales que dirige al interior de las cosas para “no respirar los bordes indestructibles del infierno y del crimen” (Orozco 92) y contextuales hacia afuera (casi panóptica), como detective iniciática, para ver el rostro de los otros, para contemplar a Miguel, Laura y Ruth. Es decir, miradas que ligan signos dispersos y, así, construir fanerones diversos a medida que avanzan hacia la casa en ruinas.
     Esta doble perspectiva centrípeta y centrífuga encuentra su correlato en el dispositivo   enunciativo oscilante entre un perfil de niña (Lía), en aventura por montes, hierbas, eucaliptus, cosas abandonadas y la casa que esconde un enigma, y una voz adulta que evalúa existencial y poéticamente lo que la primera dice. Es decir, en el primer nivel enunciativo Lía es la que siente el peso del miedo infantil pues "si me diera la mano me atrevería a respirar mejor" (Orozco 93). Lo que contrasta con esa otra voz que ve el tiempo desde la melancolía de cosas hechas "polvo, historias inconclusas, vestigios de una época irreconstruible, que sin embargo respira agazapada en todo cuanto se mira" (Orozco 93).
     La casa abandonada es la escenografía de la historia construida en el relato "¿Por qué estarán tan rojas las begonias?”. Casa convertida en muestrario de pasados esplendores y presente de vidrios rotos, ventanas clausuradas, canteros vacíos y polvo sobreimpreso en las cosas. Una configuración de abandono, siendo Lía la única que percibe, detrás de la máscara decadente, un espacio no vacío, colmado de presencias que anuncian el “comienzo de aquel infierno que ahora va a continuar en mí" (Orozco 93).
    Es significativa la resemantización de esa casa en ‘barco’ a través de una metáfora que la ubica anclada en las arenas de un pueblo semejante a Toay y que invita a ser descubierta. Lo acuático de la casa-barco se asocia con otra imagen minimalista del interior que emerge en el momento en que los aventureros abren la primera puerta y “en el vacío que se abre y me incluye aparece y me rechaza un cuadro para mirar con los ojos cerrados” (Orozco 94). La imagen del cuadro es una figura insistente en todo el libro La oscuridad es otro sol a partir de la cual se instala esa necesidad de Lía de ver, más allá de las cosas tangibles, un mundo de relaciones y reminiscencias existenciales que la mirada detectivesca pone en primer plano para desplegar obsesiones y fantasmas asociadas a la mente que mata:

Un rayo de polvillo dorado lo atraviesa en diagonal; fluye y forma una mancha   brillante en la parte más baja; sedimento de oro delator, sangre de mariposas alcanzadas por el crimen, ¿por qué vuela hacia abajo y se condensa en la borra del tiempo? (Orozco 94).

     Porque la casa es el lugar del crimen magnificado por el filicidio; esas muertes inocentes que desbordan las leyes que explican la lógica de las sociedades y configuran el colmo. Por eso el enunciador, posicionado en Lía, no ve solo salas vacías sino la múltiple encarnadura de lo real en donde se atesora, detrás de lo visible de esa escenografía de aventura infantil, la densa existencia de seres que se han ido y, al mismo tiempo, están ahí. Esta otra percepción se organiza desde lo indicial hacia lo simbólico a través de signos en apariencia aleatorios en un espacio de percepciones y supra percepciones que arman ese otro cuadro en la mente de Lía:

Ahora empiezan a aparecer algunas formas, formas que quizás solo estén inmovilizadas por la sorpresa, que quizá nos contemplen. Y de pronto Miguel irrumpe en el interior del cuadro. Lo seguimos; yo, la última, con un ala de escarcha (Orozco 94).

     Así, estos índices separan objetos discriminados por la mirada detectivesca como partes de un rompecabezas que Lía empieza a vislumbrar y ligar en sus constituyentes: cuadros, reloj de pared detenido en una hora incierta y, tal vez, fatídica, una sala polvorienta, tres sillones de tapizado verdoso y un espejo roto “invadido por el reflejo agónico del musgo y los helechos” (Orozco 94); imagen decadente que termina con un piano. Fanerón mistérico registrado por Lía en el que todo es polvo, arena, sedimento de horas, días, semanas, pero extrañamente para la detective “a pesar de que todo huele a polvo, todo aparece como debajo del agua” (Orozco 94).
     Esta observación del interior de la casa del crimen desde lo acuático es parte de un complejo perceptivo que funciona de manera metafórica respecto a los hechos de sangre ocurridos. En este sentido, la casa se hace acuática para esconder, detrás del polvo ‘húmedo’ de las cosas, los fantasmas de aquellos que han estado y ahora deambulan, ‘navegan’ en su espectralidad. Todo este movimiento es captado por el enunciador detectivesco quien, posicionado en la mirada de Lía, siente que las muertes acaecidas en la casa y la escena de los ahogados del cuadro se asemejan:
                       
El barco (…) Se inclina, sin embargo, amenazado y amenazador, con las velas tensas bajo la borrasca que se apaga y se enciende. Más allá (…), empiezan a surgir hasta la superficie las caras que se ahogaron. Si las miro, me contagian, me arrastran hasta el fondo (Orozco 95).

    De este modo, miradas, índices y registro de lo acaecido se hacen empáticos con la que mira. Lía siente lo mismo que los que se ahogaron en el cuadro, imágenes de esos otros sofocados en las habitaciones. Esto vuelve la enunciación hacia lo existencial, en tanto el que mira descubre pliegues misteriosos entre las cosas, lo que recuerda a otras series literarias, por ejemplo, aquella clásica imagen de El Túnel (1974), de Ernesto Sábato, en la que Castel descubre a María mirando una pequeña ventana en su cuadro, detalle que esconde las claves de la existencia de los personajes. De alguna manera para Lía el espacio está atravesado por ventanas invisibles, “sería mejor un mundo de ventanas (…), pregunta en mí la vocecita enemiga, siempre alerta” (Orozco 95); ventanas hacia mundos experienciales muchas veces distantes u ocultos.
     La casa es misterio de puertas clausuradas, comedores vacíos, cortinas desgarradas y escaleras crujientes. Un espacio que encierra un enigma que hay que recorrer para desentrañar, y este recorrido puede desatar antiguas fuerzas que el tiempo ha atado en la quietud de las cosas. De un modo semejante a lo que cuenta Jorge Luis Borges en su relato “La cámara de las estatuas” de Historia Universal de la infamia (2011) en el que las cosas encerradas por el tiempo son expuestas a la luz, lo que desata antiguas energías, en el relato de Orozco, los niños aventureros en la casa-barco han abierto algo prohibido que cohabita detrás de la quietud, siendo Lía con su mirada ‘bifocal’ la que lo percibe: “estamos subiendo la escalera (…) Laura y yo pensamos en subir, (…). Es una especie de irresistible vértigo hacia arriba: la atracción del misterio y la velocidad del miedo (Orozco 95). Para luego abrir el relato hacia una mirada interior, que subjetiviza el referente y lo hace propio e interno: “siento la piel las burbujas de aire helado con que me aspiran desde lo alto a sacudidas, a través de un embudo que comienza en la boca de mi estómago” (Orozco 95).
     Porque los crímenes ocurrieron escaleras arriba y es Lía, en ese doble papel de niña- detective la que siente la invisible atracción del misterio. A través de un mecanismo gnoseológico que corre desde la exterioridad a la interioridad, para instalar la duda sobre el estatuto ontológico de las cosas, dice “¿es mi propio sabor, el sabor de mis últimos momentos que pasan a toda velocidad por el embudo que me lleva” (Orozco 95).
     Cima de la muerte en este primer piso de la casa, ahí está el horror de las “baldosas rojas (…) que también deben atenuar la sangre que las tiñe” (Orozco 95), para dejar explícito el trabajo del crimen en toda su dimensión. Entonces, el enunciatario asiste a las implicancias y los implicados en un cruce, entre la crónica de los hechos desde la extratextualidad y lo que el enunciador va reconstruyendo del incidente de un:

Padre ejemplar, buen hijo y mejor marido, que mató a cuatro inocentes en un ataque de locura, por celos injustificados (…). (¿Y a los niños por qué? ¿Y qué hubiera sido de ellos sin la madre? (...). ¿Y la anciana, por qué? (…) irreprochable asesino (Orozco 96).

     Es interesante la constitución del espacio interior de las habitaciones. Lía escudriña los intersticios de la muerte en los cuartos "clausurado(s) por el tablón que atraviesa la puerta de lado a lado” (Orozco 96); cuartos que intenta desbloquear para mirar, ligar los índices dispersos, unir las partes de una historia que ha estallado como un ‘espejo roto’ y que, al mismo tiempo, es un todo que desborda lo tangible para exponer el horror.
    En esa mirada que se adentra en la realidad, Lía es la única que percibe la existencia de esos otros muertos que "siempre quedan: todo lo que se va queda, y no en un solo lugar (...) Lo que se va crece después en todos los rincones" (Orozco 96). Una hiperpercepción que ilumina los lugares ocultos del suceso policial, para construirlos a partir de la mirada diferencial que integra los datos exteriores, a través de índices espaciales, temporales, actoriales y de acción en torno a esos objetos asociados al crimen. Sin embargo, las inducciones, deducciones y abducciones de la detective no la llevan solo a despejar el misterio, sino, también, a producir fenómenos de identificación pasional a medida que avanza entre cuartos vacíos, escaleras y espejos. En ese proceso empático, las metonimias son importantes en tanto las partes de la casa operan a manera de ‘alfabeto’ que hay que leer pieza por pieza, como si fueran palabras o sílabas de un mensaje escrito entre la vigilia y el sueño; lenguaje que cuenta, desde esas cosas, sobre los crímenes:

Aquí denuncia y oculta imperiosamente lo que hubo, con todo lo que se puede descorre apenas un milímetro (...). La cama desguarnecida, con intenciones de echar por la borda ese colchón doblado, donde sin duda se sofoca, se sofocó (...). Y los cajones de la cómoda, que tratan de respirar todavía por última vez (...). Y el ropero capaz de sentir, de consentir a cualquiera cosa, de escamotear al malhechor sin dejar rastro (Orozco 97).

     Este tipo de lectura indicial, entre la mimetización con los objetos y su personificación reafirma la construcción del enunciador detectivesco que se sitúa en los 'trasfondos' del suceso policíaco para indagar sobre la naturaleza violenta del victimario que puede estar del "otro lado, donde él puede estar de pie" (Orozco 97).
     En este sentido, Lía reconstruye la tragedia entre el temor y la curiosidad; entre la angustia y la necesidad de saber; entre el asombro y la desdicha de ser lúcida, consciente en un grado y profundidad mayor a sus amigos de aventura, de que el padre homicida ha dejado a las víctimas espantadas y agazapadas detrás de espejos y escaleras. Esta lucidez la ubica en un estado de permanente vacilación, entre querer-saber y no querer-saber de esos "otros" en los espejos. Espejos que avizoran "una conjunción de otros rostros que llegarían después o esos rasgos se dispersaron para que los amara después, en su tiempo, en otros rostros" (Orozco 98).
     En este planteo, el texto orozqueano no puede evitar poner como centro de la enunciación al Yo, cuya actividad implica dos mecanismos complementarios: el primero, salirse hacia la exterioridad para leer el mundo y, el segundo, volver al centro del sujeto que mira habiendo subjetivado esas percepciones. En ese sentido, el crimen de los niños, la madre y la anciana pasan por la grilla de sujeto que ubica a todos esos muertos desde el "fondo" (Orozco 98), donde se abisma “una inscripción indescifrable, un remolino (...) un fulgor" (Orozco 98).
     Fulgor, palabra por excelencia de Olga Orozco, de otras verdades, que como conjeturas se entretejen con las miradas, para saber sobre el mundo. El crimen se inscribe en esta cosmovisión que el enunciador despliega, en la que la aserción racional es reemplazada por la duda:

           Todavía no sé que la respuesta es otra pregunta. Cuando lo sepa creeré, contra
           toda evidencia en contra, que la afirmación está estampada como un sello sobre la 
          eternidad (...) y la pregunta está tan lejos de mis labios, enredadas en los hilos de 
           mi ignorancia (Orozco 98).

     Cosmovisión orozqueana sintetizada en esta cita, en tanto la imposibilidad de saber todo, instala la duda y la zozobra de sujeto que busca. El mundo es un mapa a descifrar, pero las claves no están visibles y, tal vez, se encuentren en territorios inexplorados, para muchos inexpugnables y solo accesibles a través de los sentidos suprasensibles de Lía. Este ‘viaje gnoseológico’ se configura en esa visión que se abisma en las hendijas que ha dejado la muerte. La niña descorre los velos de la tragedia, cuenta los rostros y percibe los muertos que han habitado esa casa y que ahora vuelven como invocados por la mirada. Ella atrae esos otros rostros que deambulan por corredores y espejos, y se mezclan con las imágenes de Miguel, su amigo, el mayor y único varón de los aventureros, tanto que sus "ojos se quedan detrás de una puerta que cierro para siempre, cuando ya se han ido de mis ojos en otra cara" (Orozco 99).
     Esta oscilación entre la historia acaecida en las habitaciones abandonadas y la historia de la misma detective complejiza el cuadro investigativo para proponer cruces sutiles entre las muertes visibles y esos otros muertos del porvenir figurativizados en amores perdidos, puertas cerradas, ojos olvidados y soledades. Lía prueba diferentes dimensiones en una enunciación que se hace conjetural y, así, poder contar sobre los dobleces de la realidad. En el texto que analizamos, las cosas se repiten como espejos enfrentados en otros tiempos (pasados o porvenir), y ese es uno de los núcleos de la axiología circulante en tanto el tema del cuádruple asesinato familiar funciona como contrafondo de las grandes obsesiones, en la extratextualidad, de la poeta:

Laura me mira un poco sorprendida, pero se entrega inmediatamente a un rapidísimo inventario de todo cuanta ve. (Ese cuarto entrará conmigo en otros cuartos. Me acompañará con mi silencio, mi confusión, mi ignorancia y el misterio sin resolver (Orozco 99).

     Espacio de las epifanías y descubrimientos, la casa no está sólo hecha de materia contable sino, también, de eso intangible acumulado en los rincones y proyectado en el presente desde un continuum temporal que se filtra por las puertas y ventanas; invisibles a los ojos de Laura y Miguel, pero si perceptibles ante los perturbados sentidos de Lía.
     En el relato es destacado un momento en que la historia justifica su nombre pues, ¿de qué begonias estamos hablando?, ¿por qué begonias y no otras plantas? Las begonias son el punto de enlace entre la niña que mira y escudriña el escenario de las muertes y escenas del porvenir que se despliegan desde el pasado hacia el futuro. Ese enlace entre lo vegetal y el crimen se concreta en un espacio específico dentro de la casa:

El lugar que ha encontrado Laura sería para quedarse si no fuera por todo lo que puede llegar. No es más grande que un balcón y está cerrado de vidrios transparentes bordeados por una hilera de macetas rotas, terrones de tierra reseca y papeles arrugados (…) Hay uno con una mancha viva que parece una flor. (¿Por qué estarán tan rojas las begonias?, me preguntará a veces en sueños la misma anciana desconocida (...) como si quisiera indicar que alguien o algo las tiñó (Orozco 100).

     Begonias que funcionan, además, como símbolos que remiten a las convenciones del género policial a partir de la asociación semántica rojo-begonias-sangre y los crímenes. Así, ese qué "las tiño" (Orozco 101) con la sangre de los "dos niños, una mujer joven y la abuela” (Orozco 101), está metonímicamente en esas hojas marchitas. Esta es una de las claves del relato orozqueano, en tanto una matriz existencial y fantástica se sobreimprime a una policial para hablarnos de un real que llama desde sus índices dispersos, desde otro mundo de cosas y personas que pueden aparecer "desde cualquier lado o que se haga visible o se manifieste al conjuro de una fórmula que no conozco y qué tal vez esté enunciando yo misma” (Orozco 102).
     Así, Orozco construye este enunciador detectivesco en el límite de otros recursos genéricos como es el fantástico y la estética surrealista. Podríamos decir que los hechos policiales que el relato ha escogido se ven modulados por esos otros pliegues de lo real que coexisten en la vigilia y que la detective-Lía percibe a través de sus finísimos sentidos a manera de perturbaciones invisibles que producen las copresencias. Entonces los espejos se trastornan y muestran otras personas; las escaleras crujen sin que nadie las transite, las fotos hablan de otros rostros. Lía percibe todo esto, unas veces ligado, en otras inconexo, para remitir al cuádruple homicidio desde una interioridad sensibilizada existencialmente por las muertes pero, también, perturbada por un devenir que pone al sujeto como centro de percepciones y premoniciones, de muertes que invocan otras muertes, de amores que remiten a otros amores y de pasiones que conectan con otras pasiones y desencuentros, y que en el relato que analizamos se discursivizan en esa imagen fantasmal de la abuela eternamente regando las begonias:

¿De modo que no estaba en el pasado sino en el porvenir? ¿De modo que era esta la escena que esperaba, el peligro emboscado, el conjuro que me fijaría a este bloque en el que estoy definitivamente paralizada en el mismo lugar? ¿Volveré a ser alguna vez algo más que esta estría pequeña y temblorosa? ¿Podré crecer desde esta insignificante sombra que se contrae y se mete en sí misma para desaparecer? (Orozco 103).

     Fantasmas y temporalidades se ligan en esta percepción detectivesca que convoca a los que no están desde los restos de la tragedia: “entonces oigo el ruido (…). Los pies desnudos se deslizan lentamente, arrastrándose por los peldaños para dominar los crujidos” (Orozco 105).
     Lía termina de mirar con una última percepción al finalizar el recorrido por la casa. Cómo ocurrirá en otros momentos del texto La oscuridad es otro sol, las mujeres mayores: ancianas, abuelas, madres y tías están cerca de Lía para contar sobre el tiempo y las cosas. La anciana asesinada es el último contacto entre las fronteras de lo real y la fantasmalidad, siendo las begonias una manera de ‘puente vegetal’ entre dos mundos: el de los que miran desde la realidad los escenarios de las muertes (Lía) y otro, invisible, el de los que se han ido:

 Detrás de una de las ventanas del piso alto, la cara brumosa y grave de una anciana se asoma entre los incendios y las flores rotas (...). La cabeza algodonosa se inclina sobre las llamas en un gesto de advertencia y de reconvención que abarca hasta el final otros senderos dentro de este sendero. ¿Por qué estarán tan roja las begonias? Tal vez anuncien los crímenes inexplicables, tal vez la vana profanación (Orozco 106).

III.             Reflexiones finales
      La prosa de Olga Orozco se destaca por su densidad y espesor literario, lo que la acerca en gran medida a su poesía. En nuestro caso, el análisis del capítulo “¿Por qué estarán tan rojas las begonias?” nos ha llevado a la revisión de temas, recursos, símbolos y puntos de vista desde donde la poeta mira el mundo, lo que permitió la construcción de un enunciador detectivesco-existencial. Este enunciador se constituyó en punto de vista privilegiado para trabajar aspectos destacados de su estética, en particular la cosmovisión central que pone en tensión un devenir marcado por la caída, el simulacro, las sombras y las máscaras y otro-mundo donde habitan los que se han ido y los arquetipos, fulgores de “regiones que cambian de lugar cuando se nombran, como el secreto yo y las indescifrables colonias de otro mundo” de Mutaciones de la realidad (1979).
     Lía, a través del recorrido por la escena de un crimen familiar, se ha adentrado en esas regiones innombrables con la clarividencia de una poeta. Así, que en este relato “¿Por qué estarán tan roja las begonias?” se hable de un crimen familiar aparece como motivo destacado y recurso eficaz para que Olga Orozco proponga sus problemáticas centrales, dentro de las cuales el único y gran enigma sigue siendo la vida, "ese reino prometido que cambia de lugar y se escurre debajo de la hierba a medida que avanzó” de Museo salvaje (1974).

Bibliografía
 Borges, Jorge Luis. Historia Universal de la Infamia. Buenos Aires: Editorial Debolsillo, 2011.
Orozco, Olga. La Oscuridad es Otro Sol. Buenos Aires: Losada, 1967.
-----------------Museo Salvaje. Buenos Aires: Losada, 1974.
----------------  Mutaciones de la realidad. Buenos Aires: Losada, 1979.
---------------- Poesía Completa. Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2013.
Sábato, Ernesto. El Túnel. Buenos Aires: Surde, 1974.
--------------------------------------------------------------------------------------------------------

viernes, 31 de enero de 2020

Femicrímenes. Femicidios en la literatura del siglo XX y XXI.
FEMICRÍMENES, 2020
Osvaldo Di Paolo Harrison
Polifonía: Revista Académica de Estudios Hispánicos- Melodrama



Descarga del contenido de la revista
Consejo Editorial. Dr. Fabián G. Mossello

miércoles, 11 de diciembre de 2019

Literatura, memoria e identidad en las narrativas hispanoamericanas contemporáneas. En caso de Padura



Literatura, memoria e identidad en las narrativas hispanoamericanas contemporáneas
Realidad social, política y cultural de Cuba a través de la narrativa de Leonardo Padura en La neblina del ayer
Dr. Fabián G. Mossello


Resumen
La literatura policial en Latinoamérica ha pasado por distintos períodos: de ser una práctica imitativa de modelos exógenos (norteamericanos, ingleses), a ir conformando un espacio genuino de producción que responde a nuestros intereses continentales. Este es el caso de las llamadas narrativas neopoliciales latinoamericanas que desde los años 70’ vienen proponiendo nuevas maneras de contar lo policíaco. El escritor cubano Leonardo Padura es un precursor de estas escrituras, al conjugar el policial hardboiled con la visión crítica a un contexto, el cubano y sobre todo una ciudad -La Habana- a través de la mirada del detective Mario Conde. Este punto de vista enunciativo juega un papel central en Padura, en tanto permite una lectura subjetiva del espacio caribeño desde un sujeto policía y luego ex-policía, que conoce los recodos del mundo del delito, los actores visibles e invisibles de la criminalidad. Mirada de Conde que, además, es ese recorrido por lo policial, hilvana una identidad cubana heterogénea, contradictoria. Estos aspectos de la escritura de Padura serán analizados en una de sus últimas novelas, La neblina del ayer (2005), ejercicio literario novedoso en el cruce entre la escritura hard-boiled, la cultura letrada cubana y su historia cultural y política.



Habana

Caminé la Habana,
descalzo de tiempo.
En las calles,
chatarras del Imperio,
retozan
sus danzas de color,
mientras descalzos,
los hombres anudan
sus naufragios.…

 A propósito del mundo (2018)
Fabián G. Mossello

I.                   Introducción
La literatura policial en Latinoamérica ha pasado por distintos períodos: de ser una práctica imitativa de modelos exógenos (sobre todo norteamericanos, ingleses y franceses) a principio del siglo pasado, a ir conformando un espacio genuino de producción que responde a nuestros intereses continentales. Este es el caso de las llamadas narrativas neopoliciales latinoamericanas que desde los años ‘70 vienen proponiendo nuevas maneras de contar lo policíaco. El escritor cubano Leonardo Padura es un precursor de estas escrituras, al conjugar la matriz del policial hard-boiled con la visión crítica a un contexto, el cubano y sobre todo una ciudad -La Habana- a través de la mirada del detective Mario Conde.
Leonardo Padura (La Habana, 1955) es tal vez el escritor cubano contemporáneo con mayor reconocimiento internacional. En el año 2015 recibió el Premio Princesa de Asturias de las Letras por el conjunto de su obra que ya poseía una larga trayectoria dentro y fuera de Cuba, sobre todo a partir de la serie de novelas policiales protagonizadas por el detective Mario Conde. Entre estas se destacan: Pasado perfecto, Vientos de cuaresma, Máscaras, Paisaje de otoño, Adiós, Hemingway, La neblina del ayer y La cola de la serpiente. Obras que articulan, entre otros aspectos, un punto de vista enunciativo que juega un papel central en Padura, en tanto permite una lectura subjetiva del espacio caribeño de la isla desde un sujeto policía y luego ex-policía que conoce los recodos del mundo del delito, las pequeñas y grandes corrupciones, los actores visibles e invisibles de la criminalidad. Mirada de Conde que, además de ser un recorrido por las tramas de los casos policiales, permite ir hilvanando una identidad cubana heterogénea, contradictoria, llena de énfasis, lugares comunes y olvidos.
En este trabajo[1] nos referiremos con más precisión a la novela La neblina del ayer (2005), nombre asociado a un tango de Virgilio y Homero Expósito, Vete de mí; novela policial que despliega un complejo ejercicio de búsqueda de la verdad sobre la muerte de una cantante de boleros, Violeta del Río, en La Habana de los años ‘50. La muerte terminará involucrando a ciertos actores, asociados a la familia de los Monte de Oca, ricos empresarios de la Cuba del dictador Battista. La novela contiene varias historias incluidas unas dentro de otras o subordinadas unas con otras, como es habitual en la narrativa de Padura.
Conde, que ya no es policía, se dedica al trabajo de la compra y venta de libros usados, ayudado por un mulato joven Yoyi, ‘el Palomo’, especie de pícaro cubano. Por azar, Mario Conde se vincula con los habitantes de una casona neoclásica de El Vedado, barrio cubano con pasado aristocrático. Casona en la que viven Amalia y Dionisio Ferrero, hermanos vinculados con los Monte de Oca, antiguos dueños de la casa. La biblioteca que allí encuentra excede las expectativas de Conde. Hace algunos negocios con Amalia y Dionisio, obtiene dinero por un tiempo que comparte con sus amigos: Carlos ‘el Flaco’, ‘Candito, el Rojo’ y el ‘Conejo’. Todos personajes de película, críticos agudos de la situación actual de Cuba resultado de la acumulación de fracasos y errores de los gobernantes de todas las épocas. Sin embargo, en algunas de las visitas a esa biblioteca, llama la atención al expolicía un recorte de revista que crónica el alejamiento de Violeta del Río de los escenarios habaneros. Así, el tema de la cantante de boleros deriva el negocio de los libros hacia un caso policial que termina de incriminar al círculo familiar de los Monte de Oca: Amalia, la anciana que recibe a Conde en la casona es la hija no reconocida de uno de aquellos aristócratas y que, en un rapto de dolor y venganza, mata a Violeta del Río que ha desplazado a su madre como amante de aquel hombre. A nuestro entender, esta compleja trama policial opera, como ocurre en casi todos los textos de Padura, a manera de punto de partida para construir ciertos aspectos que hacen a una identidad cubana compleja y contradictoria; identidad que se irá hilvanando a través de los recorridos de Mario Conde por los barrios de La Habana.

II.                Novela neopolicial: un género paduriano
Es posible señalar que la nueva literatura policial latinoamericana presenta un conjunto de especificidades sostenidas por críticos tales como Pazskowski (1999), Piglia (1979), Taibo II (2000), Giardinelli (1990) y Monsivais (1973), entre los más destacados. Así, podemos señalar rasgos específicos constantes en dicha literatura:
·                    Presencia de detectives no siempre profesionales, sobre todo amateurs, impulsados a investigar por razones que sobrepasan lo meramente económico y que involucran, en muchos casos, motivos de orden personal.
·                    Búsqueda de la verdad como teleología de un sistema gnoseológico más amplio, que excede el mero ‘saber sobre’ o ‘descubrir algo’, para incorporar problemas éticos y axiológicos.
·                    Un crimen que casi siempre es explicado a través de recorridos investigativos complejos, en los que se combinan estrategias profesionales con recursos y saberes extraídos de las rutinas hogareñas, laborales, familiares, entre otras.
·                    Un trabajo intenso con otros textos, no sólo literarios. Los neopoliciales se destacan por sus relaciones intertextuales e interdiscursivas, tanto con textos y discursos del mismo campo literario, como con otros lenguajes, soportes y disciplinas. No es menor la relación con el cine negro y de acción; con la historieta y los superhéroes de cómic; con el teatro; con la historia y el psicoanálisis; entre otras muchas posibilidades.
·                    Presentación en los enunciados de una criminalidad ligada, con frecuencia, a delitos de connivencia entre Estado y crimen organizado. En este sentido, el neopolicial muestra tramas de corrupción en distintos niveles de la sociedad contemporánea.
·                    Por último y como consecuencia de los aspectos anteriores, estas nuevas prácticas policiales parecen jugar un pacto complejo con el lector, lo que supone un destinatario capaz de reconocer las claves de un género con historia y el descentramiento de esas invariantes que garantizan su legibilidad. El lector se hace activo, interpretante de unos policiales que, siéndolo, dejan también de serlo -en el sentido estricto de las tradiciones de enigma y negra- para refundarse como neopoliciales.
Como afirma Fredric Jameson (2003), el policial negro en EEUU contribuyó a mostrar ciertos aspectos sórdidos de su sociedad, produciendo un corte importante con el mundo retratado por la literatura realista de principios de siglo XX. Destino secreto del crimen en la gran ciudad, que la novela que analizamos visibiliza desde una perspectiva diferente, sacando a luz las tragedias de un mundo en constante reinvención. Así, las nuevas ficciones policiales en Latinoamérica incorporan la muerte en tanto cierre, pero también apertura del conflicto, pues la tragedia supone la ciclicidad ineluctable de la muerte, tantas veces como se reactiven sus causas.
Tradición del relato hard-boiled (novela negra) que en la novelística neopolicial permite representar las tensiones entre un macrocosmos político inalcanzable, con consignas abstractas como la justicia social, equidad, reparto de las ganancias, la seguridad y el empleo, y un mundo más ligado a la factualidad y las interacciones fuertes, bajo otras condiciones de existencia que implican desigualdades y carencias, motivadoras del crimen. La corrupción de los escalafones medio-altos del Estado favorece la construcción de un mundo asfixiante, sin salidas, en el que la muerte se impone como retórica del fracaso y producto ineluctable del microcosmos social. Como dice también Jameson (2003) en relación al policial duro y a la obra de Raymond Chandler en particular, ‘ser asesino ya no funciona como símbolo de la pura maldad (como en el policial clásico), el asesino mismo ha perdido sus cualidades simbólicas (abstractas)’ y es ahora un sujeto entre nosotros. Así, la muerte es un estado inevitable que sobreviene al final del recorrido narrativo y que el lector espera, asume como parte del juego impuesto: desde la interioridad del relato, por las claves del género duro; desde lo extratextual, por nuevas fuerzas sociales que imponen la inmediatez factual por sobre las elucubraciones lógicas.
Tradiciones (la de enigma y la hard-boiled) que en las nuevas escrituras policiales se resignifican por la irrupción de otros aspectos como la mirada hiperrealista[2], en la que el registro coloquial asegura el ingreso de lo cotidiano, las voces del mundo que debe ser entendido, no sólo por la mirada y el razonamiento de un sujeto que sabe y puede resolver un caso delictivo (el detective), las fuerzas del orden (los malos -siempre malos- y los buenos -siempre buenos-) sino porque, de algún modo, las reglas de juego han cambiado y entonces, “todos somos sospechosos en potencia, y todos somos en algo culpables de un espacio regido por la impunidad, nosotros, los lectores también” (Armenteros, 2001, p. 143). Así, se abre un espacio de lecturas, como refiere Roberto Bolaño (1998) en el que se invita al lector a jugar -en el sentido más amplio del verbo- a través de mecanismos que mezclan la realidad con la ficción, los hechos con las conjeturas y los personajes apócrifos con los históricos. En este nuevo contrato de lectura, el neopolicial despliega sus narrativas al lector, copartícipe necesario en el juego de hacer visible el delito en la ciudad contemporánea.

III.             La neblina del ayer: policial, ciudad e identidad
La novela La neblina del ayer puede ser leída como un neopolicial. Es decir, como hemos referido, la novela de Padura se inscribiría en este tipo de literatura policíaca surgida desde Latinoamérica y con particular desarrollo en la región central- sur de América. Inscripto en la tradición de la novela negra o hard-boiled, el relato neopolicial pone, en primer lugar, las tramas de la corrupción como motor del delito, cierta desconfianza en la justicia y la policía, para dejar al detective solo con sus competencias de ‘buen descifrador’ y sujeto ético. Mario Conde, el detective de Padura, reúne casi todas estas atribuciones. En La Neblinas del ayer Conde es el punto privilegiado elegido por el autor para armar la trama policíaca; una historia que cuenta sobre el delito de la prostitución, los negocios de la clase acomodada cubana pre-revolución, bajo la protección de la política de Fulgencio Batista, y así, armar un cuadro posible de la identidad cubana a través de un recorrido espacial e históricos por La Habana.
En los relatos del nuevo policial latinoamericano el espacio privilegiado es la ciudad. Nueva espacialidad que configura y construye la Modernidad y, desde la cual, se organiza un calidoscopio de representaciones: la de las fuerzas de seguridad (policía); la del orden legal (jueces y Justicia); la de los escenarios del crimen y el delito.  Esto no quiere decir que en muchas novelas no se desplieguen otros escenarios como el campo, villas serranas, lugares de playa y esparcimiento.  
Existen múltiples rostros de la ciudad. Por un lado, constituye una realidad concreta, material, regida por normas sociales que ordenan nuestra relación con ella. Por otro, la ciudad es también una ciudad imaginaria, una construcción simbólica originada en la creación y los lenguajes. Así, percibimos el espacio urbano en el cruce de nuestra experiencia sensorial y “nuestra ubicación en un mar de ‘representaciones’ (…) que circulan -y que, en cierto sentido, nos preceden-, las cuales conforman un "anillo" que media nuestra vivencia de la ciudad” (Remedi, 204, p. 83). De este modo, la experiencia cotidiana de la espacialidad está mediada por las narraciones que se han hecho sobre ella. Por un lado, la cultura dominante propone la ciudad visible a través de conjuntos de prescripciones y prohibiciones, en el marco de las lógicas de la ley y el orden; por otro, ‘las ciudades’ poco visibles o invisibles (asociadas en muchos casos con las culturas populares) juegan con sus propios modos de entender la vida, la cultura, el delito y las muertes cotidianas. Por esto, la ciudad es espacio de luchas por la apropiación de los distintos aspectos constituyentes de su estructura; conflictos que quedan registrados en la variedad de los lenguajes ciudadanos. Estos “bables societarios” (Rosa, 1998, p. 32) muestran las luchas por el territorio que se reflejan entre relatos abiertos y ampliamente institucionalizados, bajo el control de la cultura oficial (la escuela, las grandes religiones, el Estado) y aquellos crípticos que circulan en sectores y grupos minoritarios, en muchos casos de naturaleza oral, e invisibles al ciudadano medio.
Bajo esta lógica se abre un conjunto de posibilidades en las lecturas de nuestros textos policiales, para organizar la relación entre la ciudad -en tanto espacio visible en las cartografías dominantes-, y variantes como la paraciudad -reflejada en country y barrios cerrados-, la contraciudad - en los espacios que rompen la representación dominante para proponer otras lógicas, como ocurre con el fenómeno de los barrios o sectores de una ciudad que adquieren, muchas veces, lógicas opuestas a las dominantes y la no-ciudad - espacios negados, ocultos y evitados como las villas de emergencia. La ciudad, entonces, aparece como un enorme palimpsesto que “expresa los interrogantes, los conflictos, las estrategias y las acciones que constituyen la base del actuar humano” (Guzmán, 2003, p. 251) y transparenta (desde la mirada del policial) las modalidades de construcción del delito.
La novela, La neblina del ayer (2005), juega, desde un primer momento, con el espacio de la ciudad en el que se manifiestan, a la manera de capas geológicas, los grupos sociales clave de la configuración urbana habanera: pobres dedicados al trueque, la venta de cosas usadas, desechos de los ricos que viven en “casas con olor” (Padura, 2005, p. 9). En este sentido, los libros antiguos de la biblioteca de los Monte de Oca, son el pasaporte para distintos itinerarios ciudadanos. Un lugar de ingreso que le permite a Mario Conde conocer y reconocer las historias de una ciudad, La Habana, que se ha ido construyendo a la manera de un enorme palimpsesto cultural de barrios, plazas, cafés, casas, personajes y, también, bibliotecas; estas últimas, al parecer, los últimos reservorios de las memorias culturales letradas cubanas.
Memorias que se construyen empezando por la configuración de una ciudad a través de la polaridad de actores divididos, desde un comienzo, según regiones o barrios que polarizan lugares de ricos (los que en su mayoría han dejado de serlo) como Miramar, El cerro, El Vedado, Siboney –en el oeste de la ciudad-, con  casonas neoclásicas registradas por Conde en sus itinerarios de vendedor ambulante como “decrépita(s) mansión(es) cerrada (s) a cal y canto, envuelta(s) en un espeso abandono”(Padura, 2005, p. 9); y sitios de pobres, dispersos por las calles y depositados en escenarios como el barrio Ataré. Es decir, la novela configura una Habana de esplendores pasados y presentes decadentes. Tensión entre pasado y presente que teje un misterio, porque la novela La neblina del ayer es un policial en una ciudad que se abre como espacio sin mapa preciso.
Dentro de la casona decimonónicas, escogida por el enunciador como lugar-foco de la historia, se configura un segundo espacio, la biblioteca; la enigmática y fastuosa biblioteca de los Monte de Oca. Mario Conde la encuentra casi por casualidad. Ha dejado de ser policía, está jubilado y lejos de las problemáticas de la seguridad del Estado cubano; hace tiempo es librero. Pero en el fondo, su naturaleza de detective siempre está presente y puesta en potencia para activarse ante el enigma.
En la novela, los libros operan como objetos de valor, en los que se inscriben las memorias de los autores y sus lectores olvidados; libros- testimonios del esplendor y génesis de un país, Cuba, en contraste con las casas que los alojan que funcionan a la manera de monumentos descoloridos en las que hay “salas con manchas de humedad (…) y hasta algunas grietas en las paredes (…) pero conseguían conservar un aire de elegancia (Padura, 2005, p. 11). Espacios simbólicos de La Habana, las casonas decimonónicas, con interiores gastados, grandezas de otras épocas de “platas repujadas, (…) lámparas de lágrimas, los cristales labrados y quizás los lienzos con oscuros bodegones y recargadas naturalezas muertas” (Padura, 2005, p. 11).
Libros que van hilvanado una identidad cubana, entre la nostalgia de un pasado luminoso, una belle epoque con tradiciones culinarias, edificaciones al modo europeo y ediciones de lujo, y un presente atravesado por la desilusión y la nostalgia. Así, se configura un enunciador paduriano que juega con ese vaivén y oscilación desde la perspectiva de un sujeto profundamente cubano, sobre todo habanero. Mario Conde mira el pasado como si estuviera observándose en un espejo singular, que trae imágenes antiguas al presente, compara, evalúa y hace su crítica, sin dejar de ser un actor anclado cultural, histórica y afectivamente en Cuba. La oscilación entre pasado y presente, entre evaluación y admiración, entre nostalgia y desazón no saca al enunciador de su posición analítica, más bien la potencia y delimita lo esencial: Cuba, La Habana en particular, es de suyo un espacio cultural complejo y de difícil definición. Un entorno cultural cuasi-oximorónico, que el enunciador delimita con imágenes que conjugan pobreza, comida, subsistencia y delgadez, como síntomas de una cultura decadente, en contraste a esa ‘edad dorada’ de casonas y bibliotecas; desmesuras del pasado anterior a la Revolución castrista. La biblioteca se transforma, así, en el lugar donde se acumula el pasado, un espacio santuario, reservorio de las memorias culturales. Entonces, Mario Conde, como sujeto intuitivo, ex investigador-policía, librero ahora, intuye que allí hay algo más que libros; la biblioteca esconde un enigma que hace ceder la trama costumbrista-realista para abrirla a lo policial; recurso, por otro lado, recurrente en la narrativa de Padura.
La Habana se va perfilando, así, a través de la voz de este enunciador paduriano, como lugar que alberga múltiples pliegues. Algunos visibles a los ojos de todos (bajo la mirada de una cotidianeidad de contrastes y colorido); otros escondidos, ocultos, como contrafondo de esas realidades pues, como dice el mismo Padura, la cultura cubana es metamorfosis y caleidoscopio. Entonces, detrás de los libros que muestran los registros de lo decible, a través de los itinerarios históricos y culturales de las grandes gestas nacionales, aparecen otros textos que albergan historias censuradas, prohibidas, resguardadas por el silencio de la sala de lectura convertida en símbolo del olvido (o de lo que se debe olvidar).
En La neblina del ayer (2005) esa tensión entre lo mostrable y lo oculto de la biblioteca de los Monte de Oca es punto de partida de la trama neopolicial, en tanto el enunciador desliza una sospecha al observar si todo ese cuidado de los caseros “¿sería por la existencia de un libro demasiado inesperado?” (Padura, 2005, p. 12). Un libro perdido, tal vez oculto en ese monumento de la cultura cubana que ha resistido a las profanaciones del tiempo y muestra ahora, ante los ojos de Conde, como una cripta recién abierta, los documentos exhumados.
En medio de ese espacio en el que se condensa la identidad cubana de ‘pasados de oro’ y ‘presentes de hierro descolorido’, Mario Conde realiza un donoso escrutinio, no ya como le efectuaran a Don Quijote, sus amigos Barbero y Licenciado, para dejar de lado lo no aconsejable para la época (las novelas de caballería) y, así, evitar la locura de Quijote, sino escrutar y separar en la biblioteca de los Monte De Oca, como un avezado y nacionalista lector cubano, los libros que se podrían vender de los “libros (que) no se deberían vender” (Padura, 2005, p. 13). Escrutinio que encierra otra de las claves de la novela: la separación entre lo vendible de lo no-vendible supone para Conde una operación de resguardo cultural de aquello que se ha ido drenando y perdiendo en cada lucha, en cada cambio político, en cada casa cubana; una identidad endeble y, al mismo tiempo, resistente que el ex-detective tiene el deber de resguardar. Por ello, los casi-incunables libros que custodian Dionisio Ferrero y su hermana -novelas históricas, tratados jurídicos, censos y crónicas de la formación del Estado cubano-, remiten a un pasado cuidado en ese “santuario perdido en el tiempo y por primera vez pensó si no estaba realizando un acto de profanación” (Padura, 2005, p. 13).
Sin embargo, y como ya hemos anunciado, La neblina del ayer propone este espacio de libros y los pormenores de un negocio de subsistencia sólo para dar pie a otro suceso, que se abrirá cuando Mario Conde se encuentre con un texto particular y un mensaje en su interior. Es decir, la exploración de esa biblioteca increíble es punto de partida para lo inesperado. Una nota en el interior de ese texto supone un punto de inflexión en la trama de la novela que significará, también, un desplazamiento desde el interior de la casona de los Monte de Oca hacia el exterior, a través de un colorido pasaje de Conde por los barrios habaneros, por personajes del pasado, en particular asociados al negocio del sexo y sus íntimas ligaduras con las cantantes de boleros en épocas de la dictadura de Battista.
El interior de un libro no destacado pone a Mario Conde ante una fecha, un personaje y un suceso: la foto del retiro del escenario musical de Violeta del Río; la exuberante cantante de boleros que se recortaba sobre el fondo sepia de la revista antigua. La crónica relata su alejamiento inesperado, sorpresivo, tal como fue caratulado el caso y con ello la desaparición de una de las cantantes que más hechizaba al público y seducía a los hombres de la nocturnidad habanera. Casi sin saberlo, Mario Conde siente una curiosidad por el caso; la contante lo atrajo misteriosamente, Violeta del Río seguía seduciendo hombres desde el más allá.
Desde este reconocimiento, Mario Conde inicia una ‘cacería urbana’ para dilucidar circunstancias, implicados en la desaparición y luego muerte de la cantante, casi olvidando su negocio de subsistencia con los libros. Es decir, deja la compra y venta de libros usados para hacerse detective amateur, uno de los clichés del nuevo policial.
El otro motivo que surge de esta búsqueda tiene que ver con lo político. En la investigación que lo lleva a Violeta del Río y a los pormenores de su muerte (porque Conde intuye que la han matado), aparecen una constelación de tópicos de la realidad pre y post revolucionaria como los negocios de Lansky con la prostitución y la droga, empresario ligado con los Monte de Oca. De esta relación se construye una de las isotopías centrales del texto que organiza la tensión entre pobres y ricos, a través de la imagen de un Estado cubano protector de los negocios con empresas extranjeras. Todo un mundo de dinero y poder que supone redes de connivencia entre Estado y delito organizado.
Sin embargo, esta relación entre los actores del poder está en tensión con otras historias, mínimas, microscópicas que reenvían a Conde a un mundo cercano y afectivo: el padre de Mario Conde se había enamorado, en su juventud, de Violeta del Río. Así, siguiendo en parte la matriz del neopolicial, el proceso de investigación se ve atravesado por recorridos personales que involucran al propio sujeto investigador. De ahí la reminiscencia de Mario Conde de un hecho de infancia, en el que su padre escuchaba insistentemente el bolero Vete de mí. Lo macro y lo micro se unen para Conde, el punto de enlace es Violeta del Río.  La investigación se desplaza hacia los barrios de La Habana, a través de una configuración estética y enunciativa que nos acerca a las mejores escenas del hard-boiled, pero en contexto latinoamericano: barrios decadentes, poder y Estado corruptos. La vinculación del empresario Lansky y la familia de los Monte de Oca es significativa a la hora de mostrar esa Cuba de contrastes, entre grupos societarios que se enriquecen y otros que son mayoría y que sólo pueden sobrevivir. En este sentido, el recorrido investigativo de Mario Conde muestra esta fractura en la constitución de la identidad habanera, entre esos ‘pintorescos’ y, la vez, dolorosos habitantes barriales bajo los roles temáticos de traficante, prostituta, ladrón, vendedor ambulante, ex-actriz en decadencia, músicos y otras maneras de la morfología urbana periférica, opuestos a los ricos que se habían quedado con todo el juego del poder. Como cuenta Noelia Gómez Jarque (2005) en su artículo La neblina del ayer y la miseria de Cuba:
Padura retrata estos aspectos desde el presente, pero los presenta siempre como consecuencias de las acciones humanas del pasado. Por eso, sus personajes, tanto el frustrado Conde como sus amigos Carlos el Flaco (que ya no está flaco), el Conejo, Yoyi el Palomo, Candito el Rojo, y los que van desfilando por las páginas de la novela mientras Conde realiza su búsqueda de pistas sobre la historia de Violeta del Río (los hermanos Ferrero, el coleccionista de discos Rafael Giró, el anciano músico Rogelito, la antigua bolerista Katy Barqué, el periodista Silvano Quintero, su antiguo confidente Juan el Africano…) rastrean en un pasado muerto una esperanza que ya no pueden buscar en un futuro incierto y degradante (Jarque, G. 2005, p.3).
Para cerrar, reflexionaremos sobre el complejo constructivo referido a la identidad. Una identidad constituida en el acto enunciativo a través de la sutura (Hall, 2003, p. 45) de las subjetividades que confluyen a través de las voces, miradas, reflexiones, recursos y también olvidos de los distintos actores.


IV. La identidad cubana: un asunto de difícil aprehensión

La neblina del ayer (2005) construye una identidad oscilante, inestable y muchas veces contradictoria. Mario Conde, el actor elegido por el enunciador para ‘mirar’ desde los intersticios del mapa habanero, es a la vez un crítico descarnado de la miseria de un pueblo cansado por el hambre y, al mismo tiempo, un esperanzado de que las cosas van a ir bien en un futuro. Pero por sobre todas las cosas, Mario Conde es un sujeto ético que prefiere no vender algunos libros destacados para la identidad cubana:
Conde se niega a estafar a los ignorantes hermanos Ferrero o a permitir que vendan los libros más valiosos de su biblioteca a particulares y les recomienda que se pongan en contacto con la Biblioteca Nacional para ese fin. No se deja llevar por la miseria y la relajación moral que lo rodean. Su medio para resistir a esa miseria es la honradez (Gómez Jarque, 2005, p.4).
En este sentido, el enunciador planea un juego de contrastes en relación con la identidad. Por un lado, un espacio identitario en que brilla una belle epoque pre-revolucionaria en la que los negocios con empresa extranjeras, asociados a la nocturnidad y las drogas, se condimentan con una cultura cubana edificada, en parte, a la luz de los parámetros de Europa y Norteamérica. De allí la importancia de las casonas de salas amplias y señoriales, con la biblioteca suntuosa, en las que se compendia todo o casi todo lo que circula como bien intelectual, especie de reservorio de lo decible, escribible. Los ricos cubanos, según el enunciador paduriano, se enriquecieron inicialmente con los ingenios azucareros y el tabaco, luego la prostitución y la droga. La biblioteca reenvía a una característica de este grupo societario: su legado es escriturario, libros para una lectura en solitarias salas atravesadas por el “olor a papel viejo y recinto sagrado” (Padura, 2005, p. 35).
Por otro, el mundo de los barrios y suburbios habaneros. Una contraciudad desde la cual observa Mario Conde:
Un triángulo eternamente degradado en cuyas entrañas se ha acumulado, a lo largo de los siglos, una parte del desecho humano, arquitectónico e histórico generado por la capital, un maremágnum de lumpens de todos los colores, putas traficantes, y emigrados de otras regiones del país y del mundo, deseosos de una oportunidad en la vida que casi nunca les habría de llegar” (Padura, 2005, p. 206). 
Es decir, un mundo oral, que se despliega en las calles, en las veredas, en los recovecos de las casas; mundo organizado a través de una economía de subsistencia con “adultos rastreadores de piezas prohibidas, (…) rockeros sin escenario ni música, feroces cazadores y cazadoras de extranjeros y dólares, aburridos noctámbulos con primeras, segundas y hasta terceras intenciones (…), raperos y rastafaris, prostitutas y drogadictos, nuevos ricos y nuevos pobres” (Padura, 2005, p. 202 y 203). El enunciador paduriano navega por estas dos instancias de la identidad cubana como sujeto ético y comprometido con un proceso político, social e históricos que debe defender. Porque Conde defiende la existencia de la Cuba actual. Sin embargo, delinea los contornos de esa identidad post-revolucionaria, a partir de un juego entre nacionalista y crítico.
Desde el negocio de subsistencia de la venta de libros, que Conde ha organizado para paliar su pobreza y la de su entorno afectivo de amigos y parientes, se abre la trama policíaca sobre el antiguo crimen de Violeta del Rio. Una crónica periodística, unas fotos disparan la investigación para descorrer las neblinas de un caso y mostrar al enunciatario una Cuba compleja, contradictoria, un laberinto de representaciones sociales en pugna; personajes del olvido y olvidados, luchas políticas y económicas, intereses y afectos, amor y odio, todo resistiendo entre las hojas de los libros, pero, también, en las calles habaneras; resistiendo al tiempo que mella las memorias.
De alguna manera, Padura cuenta, a través de este neopolicial y su emblema de detective latinoamericano -Mario Conde- sobre las hebras de un mundo, el cubano, en el que el pasado, los pasados, han sido tapados por una niebla densa que, al parecer, la literatura desde la ficción, pueden descorrer.

Bibliografía

AAVV., y Albornoz, M. L. (2011). El relato de una bala que después fue olvido y finalmente novela. En: AAVV. (Ed.). Antígona. Buenos Aires, Argentina: Losada.

AAVV, y Monsiváis, C. (1973). Ustedes que jamás han sido asesinados. En AAVV. Revista de la Universidad de México. México: UNAM.

AAVV, y Taibo II, P. I. (1987). La (otra) novela policíaca. En: AAVV. Los cuadernos del norte. México: UNAM.  Nº 41.

Barrionuevo C. y otros (Ed.) (2003). La literatura iberoamericana en el 2000. Balances, perspectivas y prospectivas. Salamanca, España: Ediciones de la Universidad de Salamanca.              

Benveniste, E. (1971). Problemas de lingüística general. México: Siglo XXI.

Bolaño, Roberto (1998) Los detectives salvajes. Barcelona: Anagrama.

Costa, R. y Mozejko T. (2004). Lugares del decir. Rosario: Homo Sapiens.

Eco, U. (1981). Lector in fábula. Barcelona, España: Lumen.

Fevre, F. (1995). Cuentos policiales argentinos. Buenos Aires: Kapelusz.                                    

Ford, A. (1996). Navegaciones. Comunicación, cultura y crisis. Buenos Aires, Argentina: Amorrortu.
Gandolfo, E. (2007). El libro de los géneros. Buenos Aires: Norma.

Gamerro, C. (2007). Las islas. Buenos Aires: Norma.

Genette, G. (1972). Figures III, París: Seuil. [Trad. esp.: Nuevo discurso del relato, Madrid, Cátedra, 1998].

Genette, G. (1972). Figuras III. España, Barcelona: Lumen.

Giardinelli, M. (1990). El género negro. Ensayo sobre literatura policial. México: Universidad Autónoma Metropolitana.

Guzmán, A. (2007). Comunicación y cultura en la crisis de la modernidad. Córdoba: Alción.

Hall, S. y Du Gay, P (2003). Cuestiones de identidad cultural. Buenos Aires: Amorrortu.

Jarque, N.G. (2005). La neblina del ayer y la miseria de Cuba. España: Cervantes Virtual.

Jimenez Nogerol y Taibó II (2000). Entrevista a Taibo II. En: Jiménez Nogerol (2009). Entre la sangre y el simulacro: últimas tendencias en la narrativa policial mexicana. México: Iberoamericana /Verveurt.

Lafforgue, J. y Rivera J. (1977). Asesinos de papel. Buenos Aires: Calicanto.

Link, D., y Jamenson, Fredric (1992). Sobre Raymond Chandler. En: Link, Daniel (Ed.). (2003). El juego de los cautos. La literatura policial: de Poe al caso Gubileo. Buenos Aires: La Marca.

Link, D. (2003). El juego de los cautos. La literatura policial: de Poe al caso Gubileo. Buenos Aires: La Marca.

Mankell, H. (2010) La falsa pista. Buenos Aires: Tusquets.

Mossello, F., Teobaldi, D. (2010). Imaginarios literarios y culturales. Géneros y poéticas. Córdoba, Argentina:

Padura, L. y López, L. (2001). Variaciones en negro. La Habana: Arte y Literatura.
-----------------------------------------------------(2005) La neblina del ayer. Barcelona: Tusquest.
-----------------------------------------------------(2009) Pasado Perfecto. Barcelona: Tusquest.

Pazskowski, Diego (1999). Tesis sobre un homicidio. Buenos Aires: INTI, Revista de literatura hispánica.

Piglia, R. (1975). Nombre falso. Buenos Aires: Siglo XXI.
          (1979) Lo negro de lo policial. En: Introducción a Cuentos de la serie negra. Argentina: CEAL.

Pertrioni, G., Jorge B. R. y Luigi V. y Feinmann, J. P. (1991). Estado policial y novela negra argentina. En Pertrioni, G., Rivera, J. y Volta, L. (eds.) (2005). Los héroes difíciles: la literatura policial en la Argentina y en Italia. Buenos Aires: Corregidor.

Remedi, G. (2004). La ciudad Latinoamericana S.A.o el asalto al espacio público. En: www.henciclopedia.org.uy/permanentes/

Ruiz Barrionuevo, C. y otros, y Giardinelli, M. (2000). El neopolicial argentino: violencia e ideología. En: Carmen Ruiz Barrionuevo y otros (Ed.) (2003) La literatura iberoamericana en el 2000. Balances, perspectivas y prospectivas. Salamanca, España: Ediciones de la Universidad de Salamanca.
Ruiz Barrionuevo Carmen y otros., y Epple, J. A. (2003). El neopolicial latinoamericano. En: Ruiz Eterovic, D. (2000). Una mirada desde la narrativa policial. Chile: Cormoran, Nº2 año.

Rosa, N. (1998). Manual de estilo. UNC. Córdoba. Argentina: Mimeo Maestría en Literaturas Latinoamericanas.

Yates, D. (ed.) (1964). El cuento policial latinoamericano. México: Andrea.

Zapatero, J. y Escribá, M., y Armenteros, Diana (2011). 2666. El porqué de algunas transgresiones al género policiaco. En: Zapatero, J. y Escribá, M. (2011) El género negro para el siglo XXI. Nuevas tendencias y nuevas voces. España. Alertes.





[1] El trabajo que escribimos se inscribe dentro del proyecto de investigación El policial como transgénero
Procesos polifónicos y transpositivos en prácticas literarias policiales contemporáneas, financiado por la UNVM.
[2]Entendemos por hiperrealista una forma de narrar y mostrar el mundo en la que personajes, acciones, espacios, lenguaje y otros aspectos son mostrados como si fueran una fotografía de la realidad. En particular, el lenguaje literario hiperrealista propone reproducir las voces de personajes tal como si las estuviéramos escuchando en una interacción cara a cara.


viernes, 17 de mayo de 2019





Libro: El Policial como Transgénero


El profesor Dr. Fabián G. Mossello presentó el libro El policial como transgénero. Este texto académico reúne una serie de artículos que intentan salir del campo literario específicamente, a fin de pensar al policial como transgénero.
Según lo expresado por el docente de la casa de altos estudios, la obra compilada junto a la Esp. Marcela Melana es “la continuación y el cierre de una primera etapa de investigación con respecto al policial” para dar cuenta sobre distintas formas de apropiación del género del crimen y su circulación en diversos espacios de la cultura.
Cabe destacar que el género policial desde sus momentos inaugurales ha conquistado un lugar reconocido en el espacio de la literatura contemporánea. Su particular manera de contar, mirar e interpretar el mundo a través del delito le ha permitido sumar escritores, lectores y críticos, que de un modo u otro, han contribuido a su consolidación como uno de los géneros más apreciados y leídos de nuestra literatura.
“Considerar la literatura policial como obra transgénica abre nuevas perspectivas analíticas de momento que conecta esas literaturas con otras series literarias, otros lenguajes y formatos, otras cosmovisiones y estéticas para plantear el juego de lecturas, escrituras e interpretaciones de una práctica discursiva, la policial, que ha ganado su lugar en la cultura contemporánea”, manifestó el docente.
El libro está compuesto por 4 artículos:
  • El Neopolicial Latinoarmericano, a cargo del Dr. Fabián Mossello, plantea un recorrido histórico y teórico sobre la génesis, especificidades y circulación del llamado neopolicial en el campo de la literatura latinoamericana.
  • El Humor y el Poder en el Complot Mongol, desarrollado por el Dr. Osvaldo Di Paolo Harrison. El texto analiza la obra del mexicano Rafael Bernal que corresponde al género negro y emplea el humor como un mecanismo corrector de las tensiones sociales precedentes del abuso del poder.
  • Multimodalidad y Policial a cargo de la Mgter. Mariana Mussetta. La docente propone el análisis de tres novelas policiales que, aunque disímiles en muchos sentidos, convergen en el evidente rasgo multimodal que las caracteriza ya que son policiales no convencionales que exploran lo visual como estrategia central en la narrativa.
  • El Mundo Runner entre el Policial y la Ciencia Ficción, de la Lic. Verónica Peretti, plantea el estudio del espacio inter-artístico y la hibridación de géneros como formas que revelan el cuestionamiento de la naturaleza humana, a través de las conexiones entre dos géneros clave de nuestra contemporaneidad: el policial y la ciencia ficción.