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viernes, 5 de agosto de 2016

POESIA
2010-2016

LES DEJO A TODOS MI LIBRO DE POESIA `A PROPOSITO DEL MUNDO` UN LIBRO QUE SALDRA EDITADO PRONTAMENTE

















A propósito del mundo







Poemas























Mis textos están en diáspora. 

Una obra dispersa por muchos lados,

y  que intento reunir, una parte de ella,

en este libro que se llama



  A propósito del mundo.



Seudónimo: ÁGUILA












Palabras para el lector







   Este libro habla del mundo. Del mundo mirado desde la poesía. Un mundo que se hace verso, para decir sobre las cosas que sólo la palabra puede deshilvanar. La mirada poética se desliza sobre la piel de la gente, la historia; las pequeñas y grandes conquistas de muchos que hicieron de este mundo algo mejor.

   Pero también hablan estos poemas de las fibras de lo que no se ve. De los invisibles rastros del sentido que se escapa a la mirada corriente y se desparrama en las palabras ¿Acaso no es ésta la misión del poema, la de contar sobre aquello que está en la piel sensible y se hace palabra?

    Así, el germen de mi creación está en el mundo, en las cosas del mundo, entre las que incluyo, por supuesto, la literatura.  Mirar, caminar, olfatear, degustar la realidad, en sus zonas luminosas y oscuras; transitar las calles de una gran ciudad, escuchar a un niño recitando su primer verso, un anciano contando las viejas historias, un verso pegado en un libro de una ignota biblioteca, en las reuniones con amigos, en el mate improvisado de las tardes frente al ordenador, todo es parte del ritual de la creación.



   Esto es lo que he reunido en  A propósito del mundo.





































Palabras


I





Murmullo de vientos en las bocas.

Instante que se rompe y luego calla;

Sílaba de voz y silencio…



En las manos sólo la palabra




II









Alguna vez, pensé.

¿Habrá un poema que contenga

todos los poemas?









III









El poema es una huella.

Un tajo

diminuto,

en las telas del lenguaje.




IV







El poema pegó un grito.

Lanzó la voz,

desde las mortajas.

Se hizo cuna y viento.

Creció como la sal

y las veredas.

Multiplicó plegarias,

comió sílabas,

vientos

y silencios.

Después...



Después no quedó nada.




V





El poema es un puente



entre las heridas



del sentido.




































Comienzos




I









La tarde sostiene el cielo,

y el río invita a soñar,

cuando todavía no sabíamos

qué éramos.



Arenas de tornasol y sílice,

encrucijadas de la edad

sin nombre,

sin los apuros de la sangre.



La mano rozando la sal,

las rocas y los lenguajes emplumados.

El tacto,

en un mundo dual

y anónimo.

Lumbres

de la tierra acuática

y un acertijo de sílabas y silencios.



Tú y yo éramos niños.




II







Hay un niño de barcas

solícitas de vientos,

veredas,

acequias,

en donde derramar

su voz.



 
III





Infancia.

Te llevo siempre,

dentro de mí.

Pegada al borde

de la palabra.




IV







Yunco.

Upa!

La Canción Esdrújula.

El Espacio.

Mis libros.

Mis libros,

bajo el polvo

de las horas.
























Amor




I







El viento

silba en las chimeneas.

Un susurro

de nombres quedos

se amontona

en los jardines.

El mar parece

acompañar

con su silencio,

la metamorfosis

del alma.

El amor rueda

por las veredas

húmedas

del estío.




II.



Jugaron

a perderse,

a extraviarse.

A hacerse ovillo,

madeja,

lágrima,

beso.



Jugaron

con el tiempo,

con los laberintos

del deseo,

que sacan

lumbre

a las noches

y secuestran

misterios.



Jugaron

con el silencio,

que no tiene

ni sílabas,

ni acentos.





Jugaron

a no verse,

en los espejos

cóncavos del alma.

A sentirse

en los dedos

todavía húmedos

de sal.


Jugaron

al amor…




III.





He llorado

por un hijo

cayéndose

al abismo del dolor.



He llorado

en silencio,

por los que dicen

las cosas del alma.



He llorado,

por aquellas cosas,

que desgranan

las melancolías

del tiempo.



Hoy,

sin saberlo,

sin los avisos

que suele traernos

la pasión

y el dolor,

he llorado de amor.



    IV.





Los niños trepan

por la piel del médano.



El mar desviste

faldas y sombrillas;

columpios

de albas

y soles

cansados

de tanto sudor.



Las arenas dibujan

los contornos

de un oasis

acuático

y clandestino.



En algún lugar,

el amor

se viste de tiempo

y juega

a caminar por la playa.

V.

Amor…



Serás.

Serás un recuerdo,

Cinco sílabas

Volando con las hojas.

El dulce mechón

De tu cintura.

Los párpados

De una noche estival.




















Soledad






I.



De mi poemario "La Soledad"



 Viniste con el viento de la tarde,

 entre el polen y los médanos.

 Hiciste ovillos de arena,

 y cantaste silencios

 en las caracolas.

 Fuiste, por un instante,

 embrujo del viento,

 para luego arrinconarte

 en mi corazón destemplado.

 Entonces, abriste tus palabras

 a los conjuros de la noche,

 poblaste el insomnio,

 desterraste susurros

 y le diste pupilas al destierro.

 Entre las pitadas de un cigarro,

 te puse un nombre;

 provisorio,

 como casi todas las cosas

 de este mundo.

 Te llamé soledad.


II



Un cigarrillo

despeja la noche.

El brillo de un farol

apenas suena,

entre riscos y arenas.

El punto justo

de un vaso

anunciando que vendrás,

como esas palabras

que se apresuran a nacer.

El silencio de las aguas,

maceran mis deseos.

Un murmullo de nombres quedos,

y la pasión

que se apresura

en cada bocanada.

El último silencio,

descolgando la noche.

y lo imposible

del asombro

que las olas tocan.







                                                    















                                             













Sueños




I



Melancolías de un París ausente







Las hojas caen en remolino sobre las veredas,

y un largo vestido se recuesta sobre la pared.

No hay rostros, sólo la silueta del sueño;

de un tiempo que ya ha sido.

Pétalos multicolores,

cayendo desde el viento.



Miro esa escena,

como recostado

en un París

húmedo y excéntrico.



Tomo fotos.

Me recuesto en ese costado

de las lágrimas,

hechas de tiempo.

Melancolías de cifras

gastadas,

de esperas en zaguanes;

de adioses zumbando.



Miro todo y te veo.

Sólo te veo y me gusta

verte como te recuerdo.




II



Infancia





Tuve un sueño

Acuático y melancólico.

Mi padre

salía del silencio

y me hablaba

de cosas que yo

creía                  

perdidas, olvidadas.



Primero caminamos

por veredas

de piedra

y soledad.



Después

me mostró un foso,

hecho de herrumbres

y cosas carcomidas.



Entonces mi padre

se hizo palabra,

sílaba

y me dijo:

tu infancia

tus cosas,

están ahí

en esos muros

que caen en abismo.



Pero yo

no lo creí así:

“Padre, la infancia

soy yo

y va conmigo”.






























Haroldo, el viento y la barca



A Haroldo Conti, viajero de la palabra




I





Gotas de crepúsculo

caen sobre las grutas.

Un pájaro invita a correr.



Son veranos,

de noches marinas,

de vientos costeros,

silbando, como Cafuné,

los versos de la sal.



Mi cuerpo es sólo un ojo,

que se mira en el mar.








II.





Cafuné

tiene alas de pescador

en las mejillas.

Una voz de arena,

sortijas de asombro,

luz, espasmo,

ritmo, espera.

Mañana,

despedida,

vapor de luz;

canción rodando

en las rejas del camino.



Cafuné es viento.

Un poema de vientos




III





El Mañana

cae por los riscos

de la noche.

Hasta el alba,

silbará su garganta

los versos

del Príncipe.

No es para menos.

Lleva, si saberlo,

los que han sobrevivido;

los que cargan la lumbre

mojada

del último abrazo.




IV.





Oreste trae un bolso.

La miseria y el tesoro.

Un bolso hecho

de todas las cosas

inútiles del mundo:

maderas oxidadas,

timones de arena,

grilletes de Aldebarán,

suspiros de suicidas,

el beso mojado

del atardecer,

un clavo de bronce,

y frágiles cencerros de cristal.



Pero también hay un cuaderno,

de hojas mal cocidas

con las claves del mundo.




V





El Mañana

tira

su chorro de fuego

sobre

las arenas.



Pitada.

Ángel.

Humo.

Clavijero.

Herrumbre.



Mascaró,

en la proa,

sueña

en silencio.








VI





Cafuné es viento.

Pura ilusión,

entre las madejas

de la tarde.



Bicicleta,

banderín,

cielo alado

en las mejillas.



Retumbo de soles,

flauta de arena,

caracolas.

Dedos cangrejo.



Cafuné

se anuncia

blanco,

de tanto

besar el mar.






VII





Oreste,

navega

a escondidas.

Aldebarán,

cumbre

de estrellas,

y espuma.

Relámpago,

zumbido,

naufragio,

sello de luciérnagas,

grillete.



¿Oreste

Ees Aldebarán,?

No lo sabemos.




















Lía, en otros momentos Olga



A Olga Orozco, sueños de la palabra










 I



Lía

trae begonias

entre las manos.



Mira espejos,

caminos,

calendarios,

máscaras,

porvenir.



Lía,

ha visto la sangre,

en los peldaños.

Los rostros aún

perplejos,

de la muerte,

cayendo,

cayendo…



Pero noNo dice nada.

Es sólo una niña.




II







La abuela

ha hilvanado

sueños

toda la noche.



Velas que duermen

al compás del viento.

Descalzos evangelios

sin Cristos,

ni nada.



La abuela,

naufraga en los rezos,

de la última tarde.


















Escenas de New York



Caminando por Manhattan




I



¿Qué quise ver?

¿Qué he visto?

¿Qué creí que veía?



He visto

las ruinas

de un imperio acuático.

El borde desesperado,

de las orillas.

Cinco estrellas candentes,

como pesebres nocturnos.

El escarabajo egipcio,

y las maletas del viajero.

Las rúbricas de Dionisios,

y los papiros todavía frescos

en las paredes.

Las piedras flotantes del desamparo.

El robo y la tragedia,

en las esquinas

todavía calientes

de los puentes.

He visto,

los rostros,

todos los rostros,

aún

con las valijas llenas.

Y las bocas,

humeando sílabas,

dejadas

vaya uno a saber en que

litera.



Sombras y luces.

Ápex y nadir,

en las tardes

del Imperio.




II









New York

es un basurero.

Neón de atardeceres.

Negros desnudos

en esquinas y veredas.

Ensortijados niños

en sus últimas cenas.

Latinos discutiendo,

vaya uno a saber qué deudas.

Mujeres de trigo y mar,

caminando sus conquistas

entre los gigantes.

Orientales con palitos,

rezando las rutinas del método.

Esposas de turbante,

epitafios de Bizancio.

Mendigos,

con libreto

de soledad

en los umbrales.







New York

es un fantasma.

Una barca de hierro

trepando el sueño,

del último puritano.




III







Una niña

de acuarelas

se ha sentado

a comer un triángulo

de viento.




IV







Tres niñas

de color

besan las sílabas

de un inglés,

todavía tribal

y lejano.



Comen cantando.

Ríen cantando.

Riñen cantando.

Hablan a su madre,

cantando.

Viven cantando.

Mueren cantando.






V.







Un hombre pasa.

Navega,

en su carro

de espuma.

Pocillos de pobreza,

en las manos.

Descalzo,

de mundo.

Ojos de viento,

nube,

fábula.

Retoño de mapas,

en los párpados.

Manos,

ritmo,

embrujo de neones.



El hombre pasa.














Cuba, el relámpago mestizo



Caminando por el país de los habanos, el ron y la utopía




I



Habana







Caminé la Habana,

descalzo de tiempo.

En las calles,

chatarras del Imperio,

retozan

sus danzas de color,

mientras descalzos,

los hombres anudan

sus naufragios.



Caminé la Habana,

entre hombres de marfil

en las veredas

y huecos de balcones,

campanarios y sueños.



Hay un ritmo de azafrán;

una cadencia,

un meneo que la hace

bailarina.



La Habana baila

su fulgor y su desdicha,

entre tabacos

y rones despintados.



Caminé la Habana,

Sin saber qué era,

entre las hebras

de un canto y

Ropa Vieja,

fui descubriendo

la hechura,

de algo que se escapa…










II



Otra vez la Habana





Hay una ciudad

hecha de muchas

hebras.

Porfía su decoro,

pero no puede.

Su osamenta

insiste,

sobrecoge,

y modula

las palabras.



Hay una ciudad,

descalza,

que llama,

desde las cúpulas

desvencijadas,

donde todavía

se ahuecan

los codos;

donde todavía

el hueso

peso más que el oro.




III



Acá (Ahí) no hay (había) nadie



Viajé a Santa Clara



Entre arrozales y chozas.

Me dijeron que encontraría

Al Che.

Pero no vi nada.

Ahí no había más que huesos.



Encontré,

en un recodo,

láminas de sudor

en las paredes,

fotos, glosas  y

un tumulto de nombres olvidados.

Pero el Che ahí no estaba.



Me dijeron, además,

que no hiciéramos ruido,

ni fotos, ni nada,

por las memorias y esas cosas.

Pero nada me llevaba al Che.



Sí vi al Che

pegado

a los silos y las chimeneas.

En los altos balcones,

con huesos y braceros.

En los muelles,

en las esquinas

húmedas de alegrías.

En las veredas,

acuáticas de las ramblas,

en los escarabajos,

y en las barcas

de redes y brazos.

Ahí estaba el Che,

sonriendo y azuzando

las sangres.



En Santa Clara…,



En Santa clara no había más que huesos.
















                               



























El teatro y la vida



A propósito de Equívoca fuga de señorita,

apretando un pañuelo de encaje sobre su pecho
   
de Daniel Veronese










I



Dicen que la ausencia tiene el color y la forma de los sueños.

Algunas veces es mujer, otras un joven. Hasta se la ha visto niña.

Ausencia hecha de voces y murmullos del silencio. Azul espacio de la espera.

No te anuncias y vienes. No pides permiso y entras. Ausencia sin rencor, sin amor, sin tiempo. Ausencia vestida de viento, irrumpes, desnudas, abrazas.



Hay una casa que se ha vestido de noche.

En un rincón una mujer sentada degusta sus horas. Viste de azul por no desesperar con el negro. Se va a quedar un rato, porque aquí falta alguien.

Alguien ha salido colgada de la noche.

Alguien ha dejado una cama y ha puesto miradas de viento en las veredas

¿Quién?






II





La casa se ha vestido sin ti. Puertas de polvo y cera. Sábanas cálidas de viento.

Viento, viento en las manos. El nombre retumbando en los bordes de la mesa. No hay regreso.

En las cartas se ha escrito un viaje, nadie entiende hacia donde.



¿Acaso se debe entender? ¿Es posible comprender las sílabas que se han escrito del otro lado del mundo?



Silencio, se está tejiendo el nombre que todos quieren recordar.




III



Las voces se arremolinan en cada rincón. Buscan un nombre que no está.



Alguien grita, otros se acurrucan en el pedazo de alma que han compartido.



Un beso mece la mano que acaricia el pelo mientras dice fuga.



Equivoca Fuga…






















Arqueologías



Los niños del silencio



A los niños del Llullaillaco






I





Canta sus coplas en silencio. Reza a dioses sin nombre ni voz. En la tarde andina un niño mira la soledad de las cumbres. Ojos de noche, piel de desierto, boca de chicha. Hay unos versos que alguien dijo en el templo de las vírgenes y que no recuerda muy bien. Un poeta solitario cantó a la desproporción del Imperio, a las manos de bronce que hacen desierto a su paso. Cantó también a los latidos de una tierra que le dijeron era también madre. Entiende poco ese lenguaje hecho de sílabas de viento y que los escribas han fijado en su memoria y en los quipus. A él también le dieron un quipu cuando cumplió seis años. Aprendió lentamente las vocales de un lenguaje amasado en las alturas de la planicie salada y macerado como las hojas de la coca. Un lenguaje que sólo los dioses pudieron dar. Entiende poco pero le vasta para saber que será un viaje de ida. No tiene miedo. Su madre, no la Tierra, su madre de calor y besos le ha hecho un ponchito azul, un gorro andino de llama y zapatos de cuero bordado. Es todo lo que lleva.





                                            Peregrino de noches serás;



                                     voz colgada en las hebras de los cerros;



                                                     sílabas de viento.




II









No son niños, ni jóvenes ni nada.



Son las sombras de dioses sin nombres,



que en las cumbres hablan.






III



Caen



estambres azules



sobre las calzadas.



Un niño



se despierta en silencio,



sacude el llanto,



se mece,



calla.