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martes, 23 de noviembre de 2021

 


Crisis del Sistema Capitalista en la novela negra hispana 


Índice 

Dedicatoria .......................................................................................7 
Introducción .....................................................................................9
Crisis Alimentaria...........................................................................27 
Empresas transnacionales y el orden agroalimentario global en Crímenes de hambre de Miguel Pajares .............................................29 
Crisis Ambiental.............................................................................45 
La industria minera chilena: Poder corporativo, saqueo y contaminación en La música de la soledad de Ramón Díaz Eterovic................................47 
Crisis ambiental en el contexto del capitalismo: Expropiación natural y urbanización en Verde Oscuro de Alicia Plante...............................61 
Urbanización, capitalismo y destrucción de reservas naturales..............................................................................62
Crimen, ecosistema y capitalismo ..................................64
La enunciación ecológica como denuncia.......................70
Un párrafo final .............................................................72
Crisis Laboral ................................................................................75
Sangre Fashion de María Inés Krimer: Crisis migratoria y la superexplotación del trabajo ............................................................77
Violencia sindical y capitalismo en Cupo de María Inés Krimer .......95 
Crisis Migratoria...........................................................................107
Capitalismo y migración: Violación de los derechos humanos de inmigrantes y refugiados africanos en Aguas de venganza de Miguel Pajares...........................................................................................109 
Crisis de Subsistencia....................................................................123
Subversión del sistema y subsistencia desde una estética picaresca, erótica y grotesca en Instrucciones para robar supermercados de Haidu Kowski...........................................................................125
Crisis Energética...........................................................................141
Crisis ecológica y fin del capitalismo en Cenital de Emilio Bueso...143
Crisis energética, cambio climático y colapso ecológico ..144 
Ecoaldea, la utopía del último-nuevo hombre...............145
Capitalismo-pos capitalismo........................................146
Crisis Política ...............................................................................155
El enfrentamiento del poder económico y el cambio político en Los crímenes de la secta de José Antonio Nieto Solís........................157 
Crisis Cultural ..............................................................................167
Crisis cultural y financiera En la orilla de Rafael Chirbes...............169 
Conclusión........................................................................176
Bibliografía ...................................................................................177


Introducción

 

Es indudable que el mundo entero está experimentando una crisis aguda del sistema capitalista. Este malestar es complejo y se evidencia en diferentes esferas importantes que afectan a la población, tales como la alimentaria, la política, la laboral, la energética, la cultural, la ambiental, la migratoria y la de subsistencia. En “Crisis del sistema capitalista mundial: paradojas y respuestas”, Humberto Márquez Covarrubias puntualiza que “visto en perspectiva, la actual crisis es sistémica, estructural y civilizatoria” (7, 8). Es decir que aqueja al sistema capitalista en su totalidad. La enfermedad se manifiesta en numerosas capas y en diferentes categorías. A su vez, esta pesadumbre pone en peligro la relación entre humanos y naturaleza.

Al analizar esta preocupación por el deterioro del capitalismo desde un punto de vista filosófico, en The Cancer Stage of Capitalism: From Crisis to Cure, John McMurtry explica que el sistema capitalista ha dejado de lado el componente más importante: “life-capital”, el cual posibilita las secuencias de vida de los individuos y de la sociedad a través del tiempo. Lo que se valora es el capital destructor de vidas, el cual genera una secuencia de dinero no regulada (78). Para McMurtry, el “capital vida” es la base de la que depende la vida de las personas y las sociedades en todo momento, pero cada vez está más invadido en cada uno de los ámbitos básicos—el aire, la luz solar, la comida, el agua, el futuro de los niños y niñas, y los sistemas sociales y naturales para el sustento de la vida (194). Consecuentemente, los bienes que propugnan la vida son los medios para satisfacer las necesidades de subsistencia, los cuales extienden las dimensiones de vida. Las únicas verdaderas necesidades económicas son: alimentación nutritiva, agua limpia, vivienda adecuada, interacción afectiva, variedad y espacio del entorno ambiental, atención médica en caso de enfermedad y condiciones accesibles de aprendizaje (197). En la práctica, el capitalismo global ignora y excluye el “capital vida”. Su único objetivo, en todos los casos y en todos los niveles, consiste en un sistema de maximización de la demanda de dinero auto-multiplicadora sin función vital y liberado de reguladores y barreras, con la intención de desagregar, agotar e invadir los sistemas de vida en todos los planos de cualquier manera que haga crecer, a toda costa, las secuencias de dinero privado (37). En contraposición, McMurtry afirma que lo que se requiere son mecanismos de sistemas coherentes con la vida en todos los dominios que proporciona el paradigma del “capital vita”, los cuales producen un sistema complejo de macro leyes de correlación. Para McMurtry, cuanto más se reproducen y extienden de manera compatible las amplitudes y profundidades de la vida, cuanto más se acumulan las bases del “capital vida”, mejor es la economía real y la condición objetiva de la sociedad, ya que los individuos son más capaces de expresar y disfrutar su vida (312).

Otra forma de definir esta situación la presenta Sayak Valencia, quien afirma que estamos viviendo en medio de un “capitalismo gore”, el cual se define como la ruptura de valores y prácticas que ocurren visiblemente en territorios fronterizos del “Tercer Mundo” con regiones del “Primer Mundo” (20) y que se extiende a todos los países en vías de desarrollo. Este capitalismo crudo produce diferentes formas de violencia que se emplean para lograr una legitimidad económica (22) y según lo afirma Valencia,

 

 la crudeza de esta violencia obedece a una lógica nacida de estructuras y procesos planificados en el seno mismo del neoliberalismo, la globalización y la política. Hablamos de prácticas transgresoras únicamente porque su contundencia deja patente la vulnerabilidad del cuerpo humano, en cómo se lo mutila y se lo profana.[1] (22)

 

Tal es el caso de las masacres que existen en las fronteras de México y Estados Unidos debido a los procesos inmigratorios y los obstáculos que el migrante tiene que afrontar. Lo mismo se puede decir en el linde de África con España, donde no se valora la vida del migrante y se cometen crímenes en contra de estos individuos. A esta violencia se le debe sumar la de las corporaciones transnacionales, las cuales han contribuido a la debilitación del Estado y han dejado a sus ciudadanos vulnerables y a merced de estas fuerzas destructivas. Para Valencia, el empresario contemporáneo se ha convertido en un agente financiero del capitalismo gore y transformado en una figura monstruosa, un especialista de la violencia, que carcome la esfera política-económica y controla al individuo común (64). El capitalismo crudo produce un nuevo feudalismo, ya que “la concentración de la riqueza en las oligarquías del capitalismo financiero es ahora infinitamente más poderosa que todas las demás fuerzas del planeta” (Estévez y Taibo 112).

Lo que es más, la aguda crisis económica se extiende al ámbito cultural y personal del individuo porque fomenta desconsuelo moral, vergüenza de ser diferente, falta de autoestima individual y una marcada insatisfacción (Lipovetsky 191). La cultura del sistema capitalista vigente crea una demanda de consumo internacional que fomenta “actividades criminales transnacionales” (Curbet 63), por lo cual se incrementa la demanda del tráfico de drogas, órganos y prostitución, acompañado de una violencia que va desde la intimidación a un ímpetu sangriento que llega hasta el asesinato por contrato (Valencia 87). Estos macabros negocios económicos ilegales se convierten en una sub-economía alternativa, poniendo en peligro la vida del ciudadano, quien vive en una cultura que gira en torno al crimen, la pobreza material y el descontento emocional. Sobre esto, Gilles Lipovetsky explica que, en sociedades de consumo, la pobreza material se vive como falta de autonomía y falta de acceso a los propios proyectos, como obsesión por la supervivencia, como sentimiento de fracaso y colapso social (190), ya que no se puede acceder al consumo y la acumulación que exige una sociedad hiperconsumista (181).

 La consolidación de las empresas transnacionales que fomenta el capitalismo crudo promueve la desregularización del mercado neoliberal y se convierten en órganos de explotación que esclavizan al trabajador y relegan el poder del Estado. Para estas corporaciones prevalece la acumulación de poder, donde la victoria económica es más importante que el bienestar colectivo y una distribución más equitativa de las riquezas. Para Slavoj Zizek existe una “violencia sistémica” producto de los adversos efectos que emanan del funcionamiento de los procedimientos económicos y políticos (1), donde este salvajismo se vuelve difícil de atribuírselo a una persona concreta porque se encuentra camuflada dentro del sistema capitalista (12, 13). A esto hay que sumarle la “filantropía” de multimillonarios “capitalistas humanitarios” que disfrazan sus buenas intenciones para ayudar a la comunidad, pero que en realidad invisibilizan la violencia sistémica, que sustenta su éxito económico, y dificultan su identificación (14, 15).

Este malestar como producto del capitalismo crudo se evidencia en la literatura, específicamente en la novela de crímenes. Existe una constante relación del género negro con el capitalismo y una evolutiva capacidad de crítica hacia el sistema. En Crítica y Ficción, Ricardo Piglia presenta al género negro como

 

un modo de narrar en la serie negra que está ligado a un manejo de la realidad que yo llamaría materialista. Basta pensar en el lugar que tiene el dinero en esos relatos. Quiero decir, basta pensar en la compleja relación que establecen entre el dinero y la ley: en primer lugar, el que representa la ley sólo está motivado por el interés, el detective es un profesional, alguien que hace su trabajo […] (mientras que en la novela de intriga el detective es generalmente un aficionado que se ofrece “desinteresadamente” a descifrar el enigma); en segundo lugar, el crimen, el delito, está siempre sostenido por el dinero: asesinatos, robos, estafas, extorsiones, secuestros, la cadena es siempre económica […] En última instancia […], el único enigma que proponen las novelas de la serie negra es el de las relaciones capitalistas: el dinero que legisla la moral y sostiene la ley es la única “razón” de esos relatos donde todo se paga. En este sentido, yo diría que son novelas capitalistas en el sentido más literal de la palabra: deben ser leídas, pienso, ante todo como síntomas. (62)

 

Es decir que para Piglia, la preocupación de la vertiente negra se centra en el papel que el dinero tiene en la sociedad y en la estrecha relación que existe entre esta literatura y la economía desde el surgimiento del género policial. Ya desde su inicio, la novela detectivesca tradicional sustenta el interés de la burguesía de vigilar, doblegar y modificar toda posible amenaza proveniente del proletariado (Mattalía 23), lo cual demuestra que esta literatura, desde sus comienzos, tiene una relación con el capitalismo y pretende aleccionar a aquellos que se atreven a romper las reglas impuestas para el beneficio económico con la intención de mantener la riqueza de un grupo privilegiado. Así, estos textos se enfocan en descubrir al asesino, sacar a relucir el modus operandi del crimen, enfatizando su castigo para ejemplificar que no hay forma de amenazar al sistema socioeconómico preestablecido, “justice is always done. Crime never pays. Bourgeois legality, bourgeois values, bourgeois society, always triumphs in the end” (Mandell 48). El acaudalado constantemente triunfa y mayormente la propiedad privada, la ley y el orden obligatoriamente tienen que ser resguardados para cerciorar la hegemonía de la burguesía (Cadáveres, Di Paolo 68).

Lo que es más, el crecimiento de las comodidades de producción capitalista origina una transformación en la postura que exteriorizan las personas de las sociedades modernas en cuanto a la muerte. Por un lado, en las sociedades primitivas, la muerte es asentida como un paso natural con el que concluye la vida terrenal, y se despliega una obediencia hacia los mayores y la sabiduría ancestral. Por otro lado, en las sociedades fundadas en la fabricación y comercialización de bienes, la competencia entre la personas aumenta y la gente mayor se convierte en una molestia para el mundo capitalista (Mandell 40). La colectividad burguesa inicia una intranquilidad con la probidad del cuerpo, ya que este es una herramienta imprescindible para la manufacturación de bienes materiales. Consiguientemente, brota una ansiedad por la muerte y se la entiende como suceso trágico y no como un ineludible desenlace de la vida. Es en parte debido a este cuadro socioeconómico que la burguesía se ve trastornada por la muerte súbita y, más concretamente, por la presencia del crimen en la sociedad (41). Además, en The Corpus Delicti, Josefina Ludmer expone que el criminal no simplemente ejecuta transgresiones, sino que conjuntamente “produces the whole of the police and criminal justice, constables, judges, hangmen, juries, etc; and all these different lines of business which form equally many categories of the social division of labour, develop different capacities of the human spirit” (3). Ludmer recalca el hecho de que la infracción de las leyes asignadas por la burguesía favorece el afianzamiento del sistema económico capitalista y justifica la existencia de la industria del crimen. El criminal, por un lado, rompe la regularidad y la protección de la vida burguesa y, por otro lado, incentiva el ímpetu productivo (Cadáveres, Di Paolo 68).

Con el paso del tiempo, se produce una ruptura con el policial clásico, la cual está ligada al sistema capitalista. Un ejemplo evidente es Operación Masacre (1957) de Rodolfo Walsh (1927- 1977). El texto de Walsh versa en torno al desmoronamiento de un contragolpe militar a la dictadura de la Revolución Libertadora en 1956, donde en un campo al aire libre de José León Suárez (Provincia de Buenos Aires, Argentina) son ejecutados muchos ciudadanos ante la sospecha de ser integrantes de un levantamiento. Este quebrantamiento con el policial clásico de organizar la narración del crimen a través del raciocinio y la lógica conforma un dispositivo indispensable para entender su desarrollo hasta el presente, ya que se abordan temáticas que expresan injusticias sociales, políticas y económicas, proporcionando una nueva fase evolutiva de la novela criminal (Cadáveres, Di Paolo 18).

Esta insurrección y masacre que se narra en la novela de Walsh también está íntimamente relacionada con la intención de solidificar y expandir el capitalismo en la región. El golpe de estado y la dictadura de Aramburu tenían un enfoque económico capitalista ya que

 

se incentivaba al sector agropecuario en detrimento del industrial, al que perjudicaban eliminando las políticas proteccionistas y por la devaluación, que encarecía notablemente sus insumos. Este proceso vino de la mano de una creciente integración al mercado internacional de capitales. La Argentina se incorporó así al FMI (Fondo Monetario Internacional) y al Banco Mundial, dos organismos internacionales que permitían al país obtener créditos, a cambio de la imposición de los llamados “Planes de Estabilización” que implicaban una reducción de salarios, la eliminación de trabas al ingreso de capitales extranjeros, la disminución de aranceles y la reducción del gasto público. Todas estas medidas puestas en práctica durante la Revolución Libertadora no condujeron a la estabilización económica esperada: no lograron equilibrar la balanza de pagos (ya que las exportaciones crecieron menos que las importaciones), disminuyeron la capacidad de consumo, y llevaron a un nivel muy alto el endeudamiento externo. (Procesos históricos 1)

 

Aquí ya se evidencia el daño del FMI y la crisis que produce el acoplamiento al mercado internacional. Estos “planes de estabilización” son en realidad desestabilizadores que afectan al trabajador, a la dependencia de productos importados y a un sentimiento negativo causado por el incremento de la deuda externa. La crisis socioeconómica se impregna al policial y provoca una nueva mutación para reflejar los problemas que se manifiestan en el seno social. Este nuevo género de la novela negra “incorpora la lucha por el poder político y/o económico, la ambición, el individualismo, la violencia, el sexismo y el dinero, productos de una sociedad corrupta y en descomposición” (Giardinelli 17).

Lo mismo se puede decir de El Complot Mongol (1969) de Rafael Bernal. En su investigación sobre la novela policial mexicana, Ilan Stavans expresa que 1968, el año previo a la disponibilidad de El complot mongol en librerías, fue un tiempo tumultuoso en la trayectoria de México a causa de la intranquilidad política que reinaba en el país, la cual ocasionó violencia y muerte. Este desequilibrio igualmente se propagó al espacio literario, en el cual escritores como Rafael Bernal empiezan a valerse de diferentes estructuras narrativas para declamar el entorno que los rodea (25). Con la presidencia de Miguel Alemán (1946-1952), México adquiere un presidente que no es integrante del grupo de los militares. Los gobernantes son licenciados que aparentan administrar por medio de las instituciones y las leyes, pero en realidad forman parte de una gran corrupción política y afianzan al país dentro de una economía capitalista que perdura hasta nuestros días. Complementario al pasado pos-revolucionario y a la deshonesta hegemonía del PRI, se suman otros problemas sociopolíticos, donde gran parte de América Latina se encuentra aquejada por la Guerra Fría. Esta situación causa inseguridad y agitación en el seno de la sociedad mexicana (Negrótico, Di Paolo y Olmedo 54). Consecuentemente, como la novela de crímenes se transforma en el género por excelencia para exhibir las preocupaciones sociales, Bernal recurre al género negro para evidenciar la intranquilidad y la criminalidad que proviene del pánico al avance comunista y la lucha por afirmar y expandir el sistema capitalista en México.

Como se puede ver, los orígenes y transformaciones que experimenta la novela de crímenes están ligados, desde su comienzo, a la solidificación del sistema capitalista. El desarrollo y la proliferación de la novela negra desde fines del siglo XX ocurren ante el propósito de manifestar un desencanto frente a un capitalismo que carcome el “capital vida”. Para José Colmeiro, escritor español,

 

la novela policiaca negra actúa de forma catártica para liberarse colectivamente—autor y lector—del fantasma de violencia del pasado, la represión política, la tortura policial, y aliviar, al mismo tiempo, el horror de la violencia de la vida cotidiana del presente, la corrupción, la escalante agresividad, la pérdida de seguridad y hasta el valor de la vida humana. (217)

 

El género negro registra el espanto de un sistema que produce pánico y que pone en riesgo “el capital vida”. En progresión, la novela negra del siglo XXI continúa esta misión y expande su repulsión a la estructura política y económica, la cual ha llegado a un punto límite, produciendo una serie de crisis para perpetuar la riqueza de una “secta” viciada por la codicia y ajena a proteger el sustento económico del “capital vida”, deteriorando la subsistencia del individuo y la naturaleza a nivel global. Para Marta Zanz, novelista española, “el género negro sirve muy bien para reflejar lo que yo considero (y lo voy a decir muy pedantemente, la violencia sistémica al capitalismo” (Boullosa 1) y para Carlos Salem, “en la novela negra el asesino es el sistema, directa o indirectamente, que deglute a un montón de gente y lo que no le sirve lo escupe. Y esos huesos que escupe, de una u otra manera, es lo que buscamos contar, porque es lo que le pasa a más gente de lo que parece, y cada vez más” (1). Siguiendo este pensamiento denunciante y pesimista, Carlos Zanón afirma que

 

a partir de la Segunda Guerra Mundial, a partir de Vietnam, a partir de todas las mierdas, en Occidente se instaura la sensación de que ser moral es tener mala conciencia. Todos somos conscientes de que somos unos hijos de puta. De que nuestro sistema es un sistema injusto, de que puteamos al resto del mundo [...] La mala conciencia generalizada hace que el propio sistema sea incapaz de lavarle la cara. Y cuando uno se pone a escribir no puede escribir que cree en el sistema. (1)

 

Tanto Zanz, Salem como Zanón coinciden en que el criminal es el sistema capitalista ya que solo interesa el lucro. Su obtención no tiene escrúpulos. Se lo persigue tanto de manera legal o ilegal, produciendo las crisis en lo ambiental, energético, alimentario, laboral, de subsistencia, político, inmigratorio y cultural. Es evidente que los autores de novela negra del siglo XXI escriben ante la necesidad de sacar a relucir y advertir sobre el capitalismo nocivo, expresar una desconfianza en la estructura económica vigente y buscar un camino para revertir la situación. Este libro estudia novelas negras contemporáneas de Hispanoamérica, las cuales conforman un corpus que permite una meditación crítica de la sociedad capitalista. Los textos seleccionados exploran los efectos negativos que experimenta la sociedad y que inspiran la ficción criminal. El primer capítulo explora la crisis alimentaria. Márquez Covarrubias revela que “el orden agroalimentario global antepone los intereses de las empresas transnacionales, desmantela los sistemas de producción de los países subdesarrollados y sus modos de vida campesino, y genera el problema de la pérdida de soberanía alimentaria y la insustentabilidad social” (10). Para reflejar el problema alimentario se analiza Crímenes de hambre (2018) del español Miguel Pajares. El texto explora cómo las grandes compañías transnacionales y los ajustes estructurales impuestos por entidades como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio producen una hambruna en Guatemala, Haití y África. La novela permite indagar sobre el activismo en contra de la globalización y el esfuerzo por combatir los crímenes que produce el capitalismo. Por ejemplo, se hace referencia a los fondos buitres, capital privado que se destina a especular con bonos impagos de países en vías 21 de desarrollo y que afectan las reformas alimenticias. La novela se centra en la falta de crédito y subsidios para promover la producción de productos básicos, la exportación masiva de agrocombustibles, la disminución de la calidad alimentaria, las enfermedades que producen el hambre y la alteración genética de semillas para ser más resistentes a pesticidas. Asimismo, el texto gira en torno a la expulsión de campesinos de sus tierras y el monopolio de los mercados futuros que especulan el costo de los alimentos. La crisis ambiental es parte del segundo capítulo. Según Márquez Covarrubias, “la desproporción en el consumo de recursos naturales en el sistema capitalista mundial es desigual: el 20% de la población mundial, concentrada en los países centrales del norte consume 80% de los recursos naturales. La voraz dinámica de acumulación destruye lo que la naturaleza tarda millones de años en construir” (10). Para escudriñar el problema ambiental se estudian La música de la soledad (2014) del chileno Ramón Díaz Eterovic y Verde oscuro (2014) de la argentina Alicia Plante. La novela de Eterovic expone la incapacidad de regenerar los recursos naturales no renovables, las enfermedades, el destierro de habitantes, la contaminación del suelo y el agua—debido al derramamiento de desechos tóxicos—y el cambio climático. El texto se interna en la corrupción del gobierno, el apoyo interesado de ciudadanos que se benefician de la industria minera, la culpabilidad del sistema corporativo y en las amenazas, asesinatos y conspiraciones que sufren los que se enfrentan al poder de las compañías transnacionales. La segunda novela que ilustra el conflicto ambiental es Verde Oscuro. Siguiendo la temática detectivesca se desenmascara la usurpación de tierras naturales para el desarrollo urbanístico sin importar las consecuencias ecológicas. Además, se denuncia el negocio de la naturaleza. En vez de multiplicarla y preservarla se intenta venderla la naturaleza al ciudadano. El estudio de una crisis laboral proveniente del sistema capitalista se incluye en el tercer capítulo. Sobre este tema, Márquez Covarrubias afirma que 22 La superexplotación del trabajo significa no sólo la contención salarial y el empobrecimiento familiar, sino también la exposición a riesgos y peligros laborales, el desgaste prematuro de la fuerza laboral y la posibilidad de ser despedido y excluido de la órbita de la producción y el consumo. No obstante, bajo el influjo del capitalismo neoliberal se han recrudecido los problemas sociales, al punto en que se pone en riesgo, cuando menos en vastas zonas del planeta, la existencia y reproducción de la vida humana. El rasgo consustancial al capitalismo neoliberal es la insustentabilidad social. (8) Para explorar esta situación se estudia Siliconas Express (2013) de la argentina María Inés Krimer. El texto se sumerge en la industria de la moda y los talleres clandestinos, los cuales son culpables de la explotación laboral, especialmente del inmigrante boliviano. Se explora el contraste perverso entre la “alta costura” y el submundo de la costura esclava. Al mismo tiempo, Krimer condena la sobreexplotación del trabajo donde el individuo tiene una remuneración ínfima y jornadas extenuantes. Se contrasta la producción barata y el alto valor de venta en los espacios fashions. La novela se adentra en la explotación del cuerpo y cómo las modelos también son esclavas de la industria y sus cuerpos se convierten en mercancía. Además de Silicona Express, en este capítulo se analiza Cupo, también escrita por María Inés Krimes. El texto se enfoca en el poder gremial y en las relaciones corruptas entre Estado, empresas y sindicatos. Desde el punto de vista de género, la novela presenta a las mujeres como grupo colectivo en pos de derechos que hacen a la ética y el humanitarismo. Mientras que los hombres se enfocan en la acumulación de poder, violando las leyes y eliminando a la oposición. La cuarta crisis que se estudia es la migratoria. Márquez Covarrubias comenta al respecto que 23 enormes contingentes de población devienen en redundantes o desechables para las necesidades de valorización del capital. La cantidad de migrantes laborales que van de sur a norte y el volumen de las remesas que envían a sus países de origen han experimentado un crecimiento sin precedentes en todo el mundo. (10) Para investigar sobre este malestar específico se examina Aguas de venganza (2016) del español Miguel Pajares, el cual revela que la migración africana se origina en la falta de recursos económicos, guerras civiles y disturbios y conflictos sociales en los países de origen. Tanto los marroquíes como los españoles violan los derechos humanos de los inmigrantes y refugiados hasta llegar al homicidio. El texto explora el saqueo internacional de hidrocarburos y minerales. En la región subsahariana existe una valorización del capital extranjero por sobre el regional, una sobreexplotación de recursos pesqueros debido a la pesca ilegal para abastecer la demanda europea y asiática. El trayecto hasta la frontera española es riesgoso y puede llegar a ser letal debido a bandidos, traficantes y pasadores, hambruna, deshidratación, enfermedad y falta de acceso a medicamentos. Como si esto no fuera suficiente, a los que logran cruzar se los devuelve a Marruecos y los gendarmes de la Guardia Civil llegan a pinchar los flotadores de los potenciales migrantes y refugiados. El quinto capítulo sondea la crisis de subsistencia. Para adentrarse en ella se analiza Instrucciones para robar supermercados (2017) del argentino Haidu Kowski. La novela presenta la perspectiva de aquellos que viven en la desesperación y en busca de una subsistencia digna y un empleo justo. Desde una estética variada que va desde la novela de crímenes y la picaresca, hasta el género erótico y lo grotesco, la trama muestra que la crisis del capitalismo es una realidad agobiante y que su poder de acción es mayor a lo que puedan realizar un grupo de personas. La novela no hace hincapié en la riqueza que acumulan los miembros de la 24 banda. El robo al sistema no es una opción válida para salir de la marginalidad. Los únicos que se benefician son los jefes de las organizaciones, quienes, al mismo tiempo, conforman parte del sistema capitalista legitimado e imperante, beneficiándose desde la ilegalidad, la corrupción y la explotación del trabajador. La crisis energética se trata en el sexto capítulo de este libro por medio del análisis literario de Cenital (2012) del español Emilio Bueso. A través de esta novela distópica se escudriñan las consecuencias de la escasez y el derrumbe de los recursos energéticos que llevan al regreso de sociedades arcaicas, donde las ciudades se han convertido en ruinas y lugares de abandono. La crisis energética se transforma en una pandemia que se propaga atravesando la economía capitalista, matando gente, derrumbando hogares, industrias y hasta la misma ciencia fomentada por el capitalismo como lo son la informática, el desarrollo genético, la industria armamentística y la conquista del espacio. La novela propone un modelo cultural, ideológico y económico alternativo donde cazar, tejer, cocinar, cuidar del otro, amar y proteger son las nuevas claves para un nuevo orden mundial. De este modo, Cenital puede leerse como metáfora de un mundo por venir; un nuevo orden pos capitalista centrado en la vida, lo natural, y el reconocimiento de lo humano en su profunda condición. El séptimo apartado inquiere sobre la crisis política que deriva de la subyugación que recibe el Estado frente al capital corporativo y la alianza de ciertos funcionarios con este poder, en busca de intereses propios, sin importarles la destrucción del ciudadano común y de la naturaleza. Se analiza Los crímenes de la secta (2015) del español José Antonio Solís. La novela enfatiza los malabares y obstáculos que enfrenta la emergencia de una política que tiene la intención de resguardar e incrementar el “capital vida” y establecer una nueva alternativa a niveles gubernamentales y económicos. El conflicto entre ambas posturas es el detonante de crímenes por índoles políticas y revela la agresión que provoca el sistema 25 capitalista cuando se lo pone en peligro. Frente a esta tensión, surge un grupo que disiente furiosamente y se esfuerza en deshacerse del miedo instaurado por el viejo orden que subyuga, avasalla y margina. Esto crea un desorden social que apunta a una transformación profunda de la sociedad. Otro elemento importante que plantea la novela es cómo los medios de comunicación entran en conflicto con la necesidad de cambio y favorecen la consolidación del sistema capitalista vigente. Finalmente, el último capítulo se centra en el análisis de En la orilla (2013) del español Rafael Chirbes para indagar sobre la crisis cultural como producto del capitalismo gore. Si bien la historia gira en torno al crack de la burbuja inmobiliaria en España y la pérdida de bienes materiales, la novela pone de manifiesto la decadencia cultural y social. Los personajes sufren la destrucción de las fibras productivas de una sociedad y son víctimas de las falencias que impiden restablecer los valores éticos y humanos.



[1] La traducción es nuestra.

sábado, 18 de abril de 2020

Los juegos de espejos Poética y subjetividad en Olga Orozco

Los juegos de espejos

Poética y subjetividad en Olga Orozco

Las máscaras, los ritmos y los tonos de Olga Orozco (1920-1999) distinguen una de las poéticas más relevantes en la literatura argentina del siglo XX reconocida en el ámbito general de la lírica en lengua española. Este volumen reúne una decena de investigaciones originadas en universidades argentinas y del exterior que actualizan el legado de la escritora y trazan un itinerario de sus efectos de lectura. Se analizan, con diferentes enfoques, las modulaciones, los desdoblamientos y las inflexiones de una subjetividad poética en constante mutación. Es una muestra de la potencia creadora de una de las voces que supo explorar, como pocas, los límites y los pliegues de los “juegos de espejos” donde se diluyen las fronteras de lo conocido y se enfrenta la inasible subjetividad del lenguaje poético. Compiladoras Dra. Graciela Salto, Dra. Dora Battiston y Dra. Sonia Bertón.
En este libro incluyo mi artículo "Escritura detectivesca, mirada existencial y procesos gnoseológicos en la prosa de Olga Orozco". Un trabajo que conjuga aportes de la teoría del policial y la estética de la poeta pampeana.
El libro es de acceso libre y se puede descargar desde la página de la Editorial Teseo.o, G.; Battiston, D. y Bertón, S. (comps.) (2020).  G.; Battiston, D. y Bertón, S. (comps.)
os jos. Poética y subjetividad en Olga Oro. Buenos Aires: Editorial Teseo.os Aires: Editorial Teseo.
Libro de lectura gratuita
https://www.editorialteseo.com/archivos/17575/los-juegos-de-espejos/
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Escritura detectivesca, mirada existencial y procesos gnoseológicos
 en la prosa de Olga Orozco

I.                   Introducción

     La obra en prosa de Olga Orozco es particularmente compleja en recursos, no solo narrativos, sino también poéticos. Una densidad temática y estética que permite concretar recorridos de lectura diferenciados, tanto por la perspectiva crítica adoptada como por los objetivos exegéticos planteados, entre otros aspectos, a los fines de iluminar ciertas regiones de una escritura siempre abierta a una multiplicidad de enfoques. Entre las muchas y posibles lecturas se abre un espacio para una crítica sobre la prosa orozqueana que asocie ciertas problemáticas recurrentes en la escritora, tales como la diversidad de lo real, las máscaras, los juegos de las apariencias, con una mirada que denominamos detectivesca. De algún modo, el punto de vista enunciativo propuesto por Olga Orozco en su prosa se acerca al de una detective que escudriña lo real -tanto en el plano material como simbólico- en busca de los enigmas de la existencia en sus distintas dimensiones que incluyen lo visible de las cosas junto con ese otro sobrerreal que se despliega, a manera de sombras, en los pliegues de un mundo/otro solo accesible para la poeta-detective. En este artículo buscamos poner en relación algunos capítulos de la obra en prosa La oscuridad es otro sol (1967) con esta mirada detectivesca enlazada con problemáticas existenciales y gnoseológicas propiamente orozqueanas.
     La oscuridad es otro sol (1967) es quizás el principal libro en prosa de Olga Nilda Gugliotta Orozco, conocida como Olga Orozco, escritora argentina nacida el 17 de marzo de 1920 en Toay, La Pampa, Argentina. Los capítulos del libro plantean un conjunto de historias centradas en el personaje Lía, actor que funciona como máscara de otra voz adulta en la que reconocemos a la misma Olga Orozco, para contarnos sobre experiencias infantiles y de la primera adolescencia en un entorno que recuerda a su ciudad natal. La serie de capítulo del libro: “Había una vez”, “Y todavía la rueda”, “Nanni suele volar”, “Las enanas”, “DTG 4”, “Misión cumplida”, “Y después ya no estaban”, “¡Despertad y cantad, moradores del polvo!”, “¿Por qué estarán tan rojas las begonias?”, “La reina Genoveva y el ojo de alcanfor”, “Por amigos y enemigos”, “Comida para pájaros”, “Bazar de luces rotas”, “Unas tijeras para unir” y “Juegos a cara y cruz” despliegan distintos momentos, aventuras, experiencia de una niña o preadolescente, Lía, en un entorno de pequeña ciudad; experiencias que, además, son punto de partida para el planteo de temas propiamente orozqueanos. En particular, “¿Por qué estarán tan rojas las begonias?” cuenta la aventura de Lía junto a Ruth, Laura y Miguel a una casa abandonada en la que ha acaecido un cuádruple homicidio. Un padre enloquecido había asesinado a sus dos hijas, esposa y abuela. Lía reconstruye, en el transcurso de la travesía infantil, los distintos momentos del crimen desde una mirada íntima que involucra miedos, curiosidad, deseos de saber sobre lo visible y lo invisible que cruza la escena del suceso.  
     La característica principal del texto, a nuestro entender, reside en la doble mirada que cruza a la voz enunciativa, en tanto por momentos es Lía, niña la que mira el mundo y, por otros, es un enunciador adulto que intercepta esa voz infantil para decir desde la complejidad lingüística y poética que el lector reconoce en la poesía de Orozco. Esta estrategia densifica la prosa, la vuelve polivalente y ‘porosa’ en lo poético para un lector avezado que reconocerá hilos conductores en distintos momentos con la obra de la poeta.
     Como referimos más arriba, nuestro trabajo intenta una lectura, en particular, de uno de los capítulos de La oscuridad es otro sol (1967) para destacar esta doble mirada de mundo desde Lía-Olga. Desde una perspectiva teórica que incluye aportes de la semiótica textual y enunciativa, en conjunción con la estilística, trabajaremos como relato policíaco el capítulo “¿Por qué estarán tan rojas las begonias?” en el que el personaje central, Lía, alter ego de Olga, despliega un punto de vista detectivesco sobre los misterios de la vida, la muerte, el mal, la violencia, la criminalidad, entre otros.

II.                Mirada detectivesca en “¿Por qué estarán tan rojas las begonias?”

     El suceso policial que refiere el capítulo escogido de La oscuridad es otro sol (1967) es particularmente interesante para contar sobre los cruces posibles entre poesía y género policial en Orozco y, así, instalar una manera de abordar ciertos textos de la poeta desde una mirada que plantea una lectura novedosa.
     Si analizamos el título del libro, en el que se inscribe el capítulo a estudiar, el enunciador propone una serie de efectos de sentido clave para nuestra propuesta de lectura detectivesca. En efecto, el signo “oscuridad” se hace luminoso para una-otra lectura de lo real, en tanto mirada que implica indagar, desde la visibilidad de la materia, los invisibles que cohabitan el mundo. El título metaforiza procesos dispuestos en la interpretación del mundo desde la axiología orozqueana, que es mirada gnoseológicamente activa para desenmascarar en el mundo y desde el mundo tangible (la oscuridad=devenir) los ‘pliegues’ de otras realidades (otro sol), muchas veces solo accesibles bajo el influjo de la mirada poética. De algún modo, el enunciado despliega la idea de que es solo Lía, niña y otras veces adulta, la que puede ver “ese otro sol” cognoscible a través de la influencia de sus sentidos y su intelecto sensibles a lo suprarreal. En este marco de conocimiento “¿Por qué estarán tan rojas las begonias?” es un capítulo interesante para dar cuenta de esta exploración de lo no visible, en tanto texto que es una indagación desde lo vegetal sobre las formas de la muerte en unos crímenes horrendos plasmados, simbólicamente, en esas hojas rojas, metonimia de otros rostros, de otras sangres derramadas.
     El texto se inicia con un recorrido constituido en travesía peligrosa de Lía y sus amigos hacia una casa en ruinas que guarda los vestigios descoloridos del cuádruple asesinato, por lo que el trayecto es en sí esa forzada parte “de la peligrosa excursión” (Orozco 91). Desde una enunciación oscilante entre Lía-niña que ve desde sus propios miedos y, al mismo tiempo, una mirada adulta en la que reconocemos a Orozco-poeta, se despliega una particular percepción de mundo entre lo real y lo suprarreal. Unas veces inocente contemplación del entorno en el que el cielo parecía “sorprendente. Por momentos me mareaba (…) Hubiera querido recortar un trozo y llevármelo conmigo” (Orozco 91). Otras, esta cosmovisión naif se conjuga en la prosa orozqueana con la percepción poética-adulta rompiendo, en parte, la isotopía estilística que organiza el relato infantil para darle al texto su espesor filosófico: “(¡Qué cielo hecho con pedazos de distintas cosmogonías! (…) ¡Si pudiera resucitar en ese cielo de todos los cielos! (…) ¿Se podrá caminar por esta gran nube negra? ¿O será un agujero por donde caeremos a otra tierra? (Orozco 91).
     Imagen propiamente de Orozco que conjuga cielo-tierra, ascensión a otro mundo de las cosas eternas y bellas, mientras se camina sobre un espacio terrestre atravesado por las dudas del devenir. Cielo azul que invita a la conexión con los arquetipos de lo bello, mientras a sus pies y a su “alrededor se alzan unos troncos sombríos: los centinelas de carbón, la negra ronda de los penitentes” (Orozco 92) como anuncio, en el recorrido, de los crímenes perpetrados por “la mano del asesino, esa mano a la que no le bastaron los cuatro cuerpos aniquilados por el fuego sin llamas para calentarse” (Orozco 92).
     Es decir, desde los primeros párrafos, el relato focaliza distintos niveles conceptuales que reubican y definen al enunciador orozqueano que juega con los planos superiores de la existencia, resignificados como puros, bellos, eternos y los planos inferiores, asociados a lo bajo que el relato liga a la tragedia filicida, pues “allí fue el crimen, ¿y por qué no incendió la casa si era eso lo que quería destruir?” (Orozco 92). Esta observación de Lía-niña y adulta al mismo tiempo, despliega el encuentro con los restos de un crimen familiar del cual ella ve, más allá de las marcas típicas de los relatos policíacos, la ontología profunda de la realidad que convierte una familia en infierno. La palabra infierno no es casual, pues está dispersa, también, en la poesía orozqueana como un sino ineluctable de aquellos que violan el equilibrio misterioso de las cosas.
     Es así que, además de referirse al victimario como aquel apresado por la policía para restituir, en parte, el orden social a través de la justicia, Lía percibe al padre filicida en el borde del sendero y sabe que es aquel que ha encontrado su propio destino disfórico cuando mataba para luego sentarse a esperar su detención. Sentarse, esperar el destino de reo “tal vez sólo hayan conseguido prolongarle el penúltimo” (Orozco 92) infierno de su condenación.
     De esta manera, Lía conjuga miradas existenciales que dirige al interior de las cosas para “no respirar los bordes indestructibles del infierno y del crimen” (Orozco 92) y contextuales hacia afuera (casi panóptica), como detective iniciática, para ver el rostro de los otros, para contemplar a Miguel, Laura y Ruth. Es decir, miradas que ligan signos dispersos y, así, construir fanerones diversos a medida que avanzan hacia la casa en ruinas.
     Esta doble perspectiva centrípeta y centrífuga encuentra su correlato en el dispositivo   enunciativo oscilante entre un perfil de niña (Lía), en aventura por montes, hierbas, eucaliptus, cosas abandonadas y la casa que esconde un enigma, y una voz adulta que evalúa existencial y poéticamente lo que la primera dice. Es decir, en el primer nivel enunciativo Lía es la que siente el peso del miedo infantil pues "si me diera la mano me atrevería a respirar mejor" (Orozco 93). Lo que contrasta con esa otra voz que ve el tiempo desde la melancolía de cosas hechas "polvo, historias inconclusas, vestigios de una época irreconstruible, que sin embargo respira agazapada en todo cuanto se mira" (Orozco 93).
     La casa abandonada es la escenografía de la historia construida en el relato "¿Por qué estarán tan rojas las begonias?”. Casa convertida en muestrario de pasados esplendores y presente de vidrios rotos, ventanas clausuradas, canteros vacíos y polvo sobreimpreso en las cosas. Una configuración de abandono, siendo Lía la única que percibe, detrás de la máscara decadente, un espacio no vacío, colmado de presencias que anuncian el “comienzo de aquel infierno que ahora va a continuar en mí" (Orozco 93).
    Es significativa la resemantización de esa casa en ‘barco’ a través de una metáfora que la ubica anclada en las arenas de un pueblo semejante a Toay y que invita a ser descubierta. Lo acuático de la casa-barco se asocia con otra imagen minimalista del interior que emerge en el momento en que los aventureros abren la primera puerta y “en el vacío que se abre y me incluye aparece y me rechaza un cuadro para mirar con los ojos cerrados” (Orozco 94). La imagen del cuadro es una figura insistente en todo el libro La oscuridad es otro sol a partir de la cual se instala esa necesidad de Lía de ver, más allá de las cosas tangibles, un mundo de relaciones y reminiscencias existenciales que la mirada detectivesca pone en primer plano para desplegar obsesiones y fantasmas asociadas a la mente que mata:

Un rayo de polvillo dorado lo atraviesa en diagonal; fluye y forma una mancha   brillante en la parte más baja; sedimento de oro delator, sangre de mariposas alcanzadas por el crimen, ¿por qué vuela hacia abajo y se condensa en la borra del tiempo? (Orozco 94).

     Porque la casa es el lugar del crimen magnificado por el filicidio; esas muertes inocentes que desbordan las leyes que explican la lógica de las sociedades y configuran el colmo. Por eso el enunciador, posicionado en Lía, no ve solo salas vacías sino la múltiple encarnadura de lo real en donde se atesora, detrás de lo visible de esa escenografía de aventura infantil, la densa existencia de seres que se han ido y, al mismo tiempo, están ahí. Esta otra percepción se organiza desde lo indicial hacia lo simbólico a través de signos en apariencia aleatorios en un espacio de percepciones y supra percepciones que arman ese otro cuadro en la mente de Lía:

Ahora empiezan a aparecer algunas formas, formas que quizás solo estén inmovilizadas por la sorpresa, que quizá nos contemplen. Y de pronto Miguel irrumpe en el interior del cuadro. Lo seguimos; yo, la última, con un ala de escarcha (Orozco 94).

     Así, estos índices separan objetos discriminados por la mirada detectivesca como partes de un rompecabezas que Lía empieza a vislumbrar y ligar en sus constituyentes: cuadros, reloj de pared detenido en una hora incierta y, tal vez, fatídica, una sala polvorienta, tres sillones de tapizado verdoso y un espejo roto “invadido por el reflejo agónico del musgo y los helechos” (Orozco 94); imagen decadente que termina con un piano. Fanerón mistérico registrado por Lía en el que todo es polvo, arena, sedimento de horas, días, semanas, pero extrañamente para la detective “a pesar de que todo huele a polvo, todo aparece como debajo del agua” (Orozco 94).
     Esta observación del interior de la casa del crimen desde lo acuático es parte de un complejo perceptivo que funciona de manera metafórica respecto a los hechos de sangre ocurridos. En este sentido, la casa se hace acuática para esconder, detrás del polvo ‘húmedo’ de las cosas, los fantasmas de aquellos que han estado y ahora deambulan, ‘navegan’ en su espectralidad. Todo este movimiento es captado por el enunciador detectivesco quien, posicionado en la mirada de Lía, siente que las muertes acaecidas en la casa y la escena de los ahogados del cuadro se asemejan:
                       
El barco (…) Se inclina, sin embargo, amenazado y amenazador, con las velas tensas bajo la borrasca que se apaga y se enciende. Más allá (…), empiezan a surgir hasta la superficie las caras que se ahogaron. Si las miro, me contagian, me arrastran hasta el fondo (Orozco 95).

    De este modo, miradas, índices y registro de lo acaecido se hacen empáticos con la que mira. Lía siente lo mismo que los que se ahogaron en el cuadro, imágenes de esos otros sofocados en las habitaciones. Esto vuelve la enunciación hacia lo existencial, en tanto el que mira descubre pliegues misteriosos entre las cosas, lo que recuerda a otras series literarias, por ejemplo, aquella clásica imagen de El Túnel (1974), de Ernesto Sábato, en la que Castel descubre a María mirando una pequeña ventana en su cuadro, detalle que esconde las claves de la existencia de los personajes. De alguna manera para Lía el espacio está atravesado por ventanas invisibles, “sería mejor un mundo de ventanas (…), pregunta en mí la vocecita enemiga, siempre alerta” (Orozco 95); ventanas hacia mundos experienciales muchas veces distantes u ocultos.
     La casa es misterio de puertas clausuradas, comedores vacíos, cortinas desgarradas y escaleras crujientes. Un espacio que encierra un enigma que hay que recorrer para desentrañar, y este recorrido puede desatar antiguas fuerzas que el tiempo ha atado en la quietud de las cosas. De un modo semejante a lo que cuenta Jorge Luis Borges en su relato “La cámara de las estatuas” de Historia Universal de la infamia (2011) en el que las cosas encerradas por el tiempo son expuestas a la luz, lo que desata antiguas energías, en el relato de Orozco, los niños aventureros en la casa-barco han abierto algo prohibido que cohabita detrás de la quietud, siendo Lía con su mirada ‘bifocal’ la que lo percibe: “estamos subiendo la escalera (…) Laura y yo pensamos en subir, (…). Es una especie de irresistible vértigo hacia arriba: la atracción del misterio y la velocidad del miedo (Orozco 95). Para luego abrir el relato hacia una mirada interior, que subjetiviza el referente y lo hace propio e interno: “siento la piel las burbujas de aire helado con que me aspiran desde lo alto a sacudidas, a través de un embudo que comienza en la boca de mi estómago” (Orozco 95).
     Porque los crímenes ocurrieron escaleras arriba y es Lía, en ese doble papel de niña- detective la que siente la invisible atracción del misterio. A través de un mecanismo gnoseológico que corre desde la exterioridad a la interioridad, para instalar la duda sobre el estatuto ontológico de las cosas, dice “¿es mi propio sabor, el sabor de mis últimos momentos que pasan a toda velocidad por el embudo que me lleva” (Orozco 95).
     Cima de la muerte en este primer piso de la casa, ahí está el horror de las “baldosas rojas (…) que también deben atenuar la sangre que las tiñe” (Orozco 95), para dejar explícito el trabajo del crimen en toda su dimensión. Entonces, el enunciatario asiste a las implicancias y los implicados en un cruce, entre la crónica de los hechos desde la extratextualidad y lo que el enunciador va reconstruyendo del incidente de un:

Padre ejemplar, buen hijo y mejor marido, que mató a cuatro inocentes en un ataque de locura, por celos injustificados (…). (¿Y a los niños por qué? ¿Y qué hubiera sido de ellos sin la madre? (...). ¿Y la anciana, por qué? (…) irreprochable asesino (Orozco 96).

     Es interesante la constitución del espacio interior de las habitaciones. Lía escudriña los intersticios de la muerte en los cuartos "clausurado(s) por el tablón que atraviesa la puerta de lado a lado” (Orozco 96); cuartos que intenta desbloquear para mirar, ligar los índices dispersos, unir las partes de una historia que ha estallado como un ‘espejo roto’ y que, al mismo tiempo, es un todo que desborda lo tangible para exponer el horror.
    En esa mirada que se adentra en la realidad, Lía es la única que percibe la existencia de esos otros muertos que "siempre quedan: todo lo que se va queda, y no en un solo lugar (...) Lo que se va crece después en todos los rincones" (Orozco 96). Una hiperpercepción que ilumina los lugares ocultos del suceso policial, para construirlos a partir de la mirada diferencial que integra los datos exteriores, a través de índices espaciales, temporales, actoriales y de acción en torno a esos objetos asociados al crimen. Sin embargo, las inducciones, deducciones y abducciones de la detective no la llevan solo a despejar el misterio, sino, también, a producir fenómenos de identificación pasional a medida que avanza entre cuartos vacíos, escaleras y espejos. En ese proceso empático, las metonimias son importantes en tanto las partes de la casa operan a manera de ‘alfabeto’ que hay que leer pieza por pieza, como si fueran palabras o sílabas de un mensaje escrito entre la vigilia y el sueño; lenguaje que cuenta, desde esas cosas, sobre los crímenes:

Aquí denuncia y oculta imperiosamente lo que hubo, con todo lo que se puede descorre apenas un milímetro (...). La cama desguarnecida, con intenciones de echar por la borda ese colchón doblado, donde sin duda se sofoca, se sofocó (...). Y los cajones de la cómoda, que tratan de respirar todavía por última vez (...). Y el ropero capaz de sentir, de consentir a cualquiera cosa, de escamotear al malhechor sin dejar rastro (Orozco 97).

     Este tipo de lectura indicial, entre la mimetización con los objetos y su personificación reafirma la construcción del enunciador detectivesco que se sitúa en los 'trasfondos' del suceso policíaco para indagar sobre la naturaleza violenta del victimario que puede estar del "otro lado, donde él puede estar de pie" (Orozco 97).
     En este sentido, Lía reconstruye la tragedia entre el temor y la curiosidad; entre la angustia y la necesidad de saber; entre el asombro y la desdicha de ser lúcida, consciente en un grado y profundidad mayor a sus amigos de aventura, de que el padre homicida ha dejado a las víctimas espantadas y agazapadas detrás de espejos y escaleras. Esta lucidez la ubica en un estado de permanente vacilación, entre querer-saber y no querer-saber de esos "otros" en los espejos. Espejos que avizoran "una conjunción de otros rostros que llegarían después o esos rasgos se dispersaron para que los amara después, en su tiempo, en otros rostros" (Orozco 98).
     En este planteo, el texto orozqueano no puede evitar poner como centro de la enunciación al Yo, cuya actividad implica dos mecanismos complementarios: el primero, salirse hacia la exterioridad para leer el mundo y, el segundo, volver al centro del sujeto que mira habiendo subjetivado esas percepciones. En ese sentido, el crimen de los niños, la madre y la anciana pasan por la grilla de sujeto que ubica a todos esos muertos desde el "fondo" (Orozco 98), donde se abisma “una inscripción indescifrable, un remolino (...) un fulgor" (Orozco 98).
     Fulgor, palabra por excelencia de Olga Orozco, de otras verdades, que como conjeturas se entretejen con las miradas, para saber sobre el mundo. El crimen se inscribe en esta cosmovisión que el enunciador despliega, en la que la aserción racional es reemplazada por la duda:

           Todavía no sé que la respuesta es otra pregunta. Cuando lo sepa creeré, contra
           toda evidencia en contra, que la afirmación está estampada como un sello sobre la 
          eternidad (...) y la pregunta está tan lejos de mis labios, enredadas en los hilos de 
           mi ignorancia (Orozco 98).

     Cosmovisión orozqueana sintetizada en esta cita, en tanto la imposibilidad de saber todo, instala la duda y la zozobra de sujeto que busca. El mundo es un mapa a descifrar, pero las claves no están visibles y, tal vez, se encuentren en territorios inexplorados, para muchos inexpugnables y solo accesibles a través de los sentidos suprasensibles de Lía. Este ‘viaje gnoseológico’ se configura en esa visión que se abisma en las hendijas que ha dejado la muerte. La niña descorre los velos de la tragedia, cuenta los rostros y percibe los muertos que han habitado esa casa y que ahora vuelven como invocados por la mirada. Ella atrae esos otros rostros que deambulan por corredores y espejos, y se mezclan con las imágenes de Miguel, su amigo, el mayor y único varón de los aventureros, tanto que sus "ojos se quedan detrás de una puerta que cierro para siempre, cuando ya se han ido de mis ojos en otra cara" (Orozco 99).
     Esta oscilación entre la historia acaecida en las habitaciones abandonadas y la historia de la misma detective complejiza el cuadro investigativo para proponer cruces sutiles entre las muertes visibles y esos otros muertos del porvenir figurativizados en amores perdidos, puertas cerradas, ojos olvidados y soledades. Lía prueba diferentes dimensiones en una enunciación que se hace conjetural y, así, poder contar sobre los dobleces de la realidad. En el texto que analizamos, las cosas se repiten como espejos enfrentados en otros tiempos (pasados o porvenir), y ese es uno de los núcleos de la axiología circulante en tanto el tema del cuádruple asesinato familiar funciona como contrafondo de las grandes obsesiones, en la extratextualidad, de la poeta:

Laura me mira un poco sorprendida, pero se entrega inmediatamente a un rapidísimo inventario de todo cuanta ve. (Ese cuarto entrará conmigo en otros cuartos. Me acompañará con mi silencio, mi confusión, mi ignorancia y el misterio sin resolver (Orozco 99).

     Espacio de las epifanías y descubrimientos, la casa no está sólo hecha de materia contable sino, también, de eso intangible acumulado en los rincones y proyectado en el presente desde un continuum temporal que se filtra por las puertas y ventanas; invisibles a los ojos de Laura y Miguel, pero si perceptibles ante los perturbados sentidos de Lía.
     En el relato es destacado un momento en que la historia justifica su nombre pues, ¿de qué begonias estamos hablando?, ¿por qué begonias y no otras plantas? Las begonias son el punto de enlace entre la niña que mira y escudriña el escenario de las muertes y escenas del porvenir que se despliegan desde el pasado hacia el futuro. Ese enlace entre lo vegetal y el crimen se concreta en un espacio específico dentro de la casa:

El lugar que ha encontrado Laura sería para quedarse si no fuera por todo lo que puede llegar. No es más grande que un balcón y está cerrado de vidrios transparentes bordeados por una hilera de macetas rotas, terrones de tierra reseca y papeles arrugados (…) Hay uno con una mancha viva que parece una flor. (¿Por qué estarán tan rojas las begonias?, me preguntará a veces en sueños la misma anciana desconocida (...) como si quisiera indicar que alguien o algo las tiñó (Orozco 100).

     Begonias que funcionan, además, como símbolos que remiten a las convenciones del género policial a partir de la asociación semántica rojo-begonias-sangre y los crímenes. Así, ese qué "las tiño" (Orozco 101) con la sangre de los "dos niños, una mujer joven y la abuela” (Orozco 101), está metonímicamente en esas hojas marchitas. Esta es una de las claves del relato orozqueano, en tanto una matriz existencial y fantástica se sobreimprime a una policial para hablarnos de un real que llama desde sus índices dispersos, desde otro mundo de cosas y personas que pueden aparecer "desde cualquier lado o que se haga visible o se manifieste al conjuro de una fórmula que no conozco y qué tal vez esté enunciando yo misma” (Orozco 102).
     Así, Orozco construye este enunciador detectivesco en el límite de otros recursos genéricos como es el fantástico y la estética surrealista. Podríamos decir que los hechos policiales que el relato ha escogido se ven modulados por esos otros pliegues de lo real que coexisten en la vigilia y que la detective-Lía percibe a través de sus finísimos sentidos a manera de perturbaciones invisibles que producen las copresencias. Entonces los espejos se trastornan y muestran otras personas; las escaleras crujen sin que nadie las transite, las fotos hablan de otros rostros. Lía percibe todo esto, unas veces ligado, en otras inconexo, para remitir al cuádruple homicidio desde una interioridad sensibilizada existencialmente por las muertes pero, también, perturbada por un devenir que pone al sujeto como centro de percepciones y premoniciones, de muertes que invocan otras muertes, de amores que remiten a otros amores y de pasiones que conectan con otras pasiones y desencuentros, y que en el relato que analizamos se discursivizan en esa imagen fantasmal de la abuela eternamente regando las begonias:

¿De modo que no estaba en el pasado sino en el porvenir? ¿De modo que era esta la escena que esperaba, el peligro emboscado, el conjuro que me fijaría a este bloque en el que estoy definitivamente paralizada en el mismo lugar? ¿Volveré a ser alguna vez algo más que esta estría pequeña y temblorosa? ¿Podré crecer desde esta insignificante sombra que se contrae y se mete en sí misma para desaparecer? (Orozco 103).

     Fantasmas y temporalidades se ligan en esta percepción detectivesca que convoca a los que no están desde los restos de la tragedia: “entonces oigo el ruido (…). Los pies desnudos se deslizan lentamente, arrastrándose por los peldaños para dominar los crujidos” (Orozco 105).
     Lía termina de mirar con una última percepción al finalizar el recorrido por la casa. Cómo ocurrirá en otros momentos del texto La oscuridad es otro sol, las mujeres mayores: ancianas, abuelas, madres y tías están cerca de Lía para contar sobre el tiempo y las cosas. La anciana asesinada es el último contacto entre las fronteras de lo real y la fantasmalidad, siendo las begonias una manera de ‘puente vegetal’ entre dos mundos: el de los que miran desde la realidad los escenarios de las muertes (Lía) y otro, invisible, el de los que se han ido:

 Detrás de una de las ventanas del piso alto, la cara brumosa y grave de una anciana se asoma entre los incendios y las flores rotas (...). La cabeza algodonosa se inclina sobre las llamas en un gesto de advertencia y de reconvención que abarca hasta el final otros senderos dentro de este sendero. ¿Por qué estarán tan roja las begonias? Tal vez anuncien los crímenes inexplicables, tal vez la vana profanación (Orozco 106).

III.             Reflexiones finales
      La prosa de Olga Orozco se destaca por su densidad y espesor literario, lo que la acerca en gran medida a su poesía. En nuestro caso, el análisis del capítulo “¿Por qué estarán tan rojas las begonias?” nos ha llevado a la revisión de temas, recursos, símbolos y puntos de vista desde donde la poeta mira el mundo, lo que permitió la construcción de un enunciador detectivesco-existencial. Este enunciador se constituyó en punto de vista privilegiado para trabajar aspectos destacados de su estética, en particular la cosmovisión central que pone en tensión un devenir marcado por la caída, el simulacro, las sombras y las máscaras y otro-mundo donde habitan los que se han ido y los arquetipos, fulgores de “regiones que cambian de lugar cuando se nombran, como el secreto yo y las indescifrables colonias de otro mundo” de Mutaciones de la realidad (1979).
     Lía, a través del recorrido por la escena de un crimen familiar, se ha adentrado en esas regiones innombrables con la clarividencia de una poeta. Así, que en este relato “¿Por qué estarán tan roja las begonias?” se hable de un crimen familiar aparece como motivo destacado y recurso eficaz para que Olga Orozco proponga sus problemáticas centrales, dentro de las cuales el único y gran enigma sigue siendo la vida, "ese reino prometido que cambia de lugar y se escurre debajo de la hierba a medida que avanzó” de Museo salvaje (1974).

Bibliografía
 Borges, Jorge Luis. Historia Universal de la Infamia. Buenos Aires: Editorial Debolsillo, 2011.
Orozco, Olga. La Oscuridad es Otro Sol. Buenos Aires: Losada, 1967.
-----------------Museo Salvaje. Buenos Aires: Losada, 1974.
----------------  Mutaciones de la realidad. Buenos Aires: Losada, 1979.
---------------- Poesía Completa. Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2013.
Sábato, Ernesto. El Túnel. Buenos Aires: Surde, 1974.
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